¿Por qué hablar de crisis?

Lo que queremos atacar es el discurso dominante que explica que las causas de la crisis actual hay que buscarlas en el mal capitalismo financiero. Pensamos que la crisis financiera no es más que un síntoma de una enfermedad más profunda y que se trata, de hecho, de una crisis del propio capitalismo. Sus consecuencias serán verdaderamente terribles pero tal vez será también la ocasión de desafiar al capitalismo en sus propios fundamentos.
Desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, hoy en día escuchamos por todas partes un mismo discurso: la economía real estaría sana, solo un sistema financiero que haya escapado a todo control pondría en peligro la economía mundial. En una versión más conspiracionalista, la crisis no sería más que un pretexto, una estrategia de los propios capitalistas, que gozaría en realidad de un perfecto estado de salud. Ya que, de hecho, estos grandes mentirosos tienen un tesoro bien escondido que habría que encontrar para después redistribuirlo entre todos los pobres. Ésta es la razón por la cual desde la izquierda hasta la derecha se propone limitar las derogaciones fiscales y encontrar el dinero escondido para reinyectarlo en los Estados.
Éste discurso se inclina de diferentes maneras según se designe a los brokers como los únicos responsables o se denuncie la parcialidad de las agencias de notación financiera, lo cual vuelve a acusar al termómetro en caso de fiebre. Pero por encima de todo, «es la culpa del sistema financiero y del endeudamiento», o como confundir la enfermedad con el síntoma. Ahora bien, es imposible separar el buen capitalismo productivo del mal capitalismo financiero. No existe por un lado una economía que produzca riquezas y por otro lado una economía virtual, unas un sistema financiero parasitario; se trata de las dos caras de una misma realidad. Desde el inicio de la economía capitalista ésta no puede funcionar sin las finanzas, es decir, el crédito, las bolsas, la especulación.
Sean cual sean los dirigentes, se mofan de nosotros cuando reclaman una contención rigurosa de la especulación, porque es todo el sistema que, en su fase actual, necesita la especulación y el crédito. Las razones más profundas de la crisis actual no hay que buscarlas ni del lado de la especulación, ni del lado del endeudamiento. Los tropiezos financieros recientes –la crisis de las subprimas, la crisis de la deuda, los cracs bursátiles que se repiten, el papel de las agencias de notación, la amenaza de quiebra de los Estados…– todo ello es ante todo la expresión de una crisis del propio capitalismo.
De hecho, el capítalismo se está enfrentado a una contradicción recurrente: por un lado, hay que disminuir (o en todo caso limitar) los sueldos para bajar los costes de producción y mantener los beneficios. Por otro lado, los consumidores tienen que tener suficientes ingresos para comprar las mercancías producidas.
Después de la Segunda Guerra Mundial, en los países de la Europa occidental, de América del Norte y en Japón, la expansión rápida de la economía permitió contener y hacer crecer los efectos negativos de ésta contradicción. Se aumentaron los sueldos, pero se aumentó más aún la producción. Se convirtieron en vendedores a numerosos sectores que no lo eran antes, como hoy se está haciendo con la educación, la sanidad o la seguridad. Se proveía a costes más bajos (por el efecto de la industrialización y la masificación) una cantidad de productos más numerosos y que favorecían a los proletarios, manteniendo al mismo tiempo los beneficios. Para desarrollar la producción de esta manera, el consumo debía absorber a la sociedad entera, con todo lo que ello significa: publicidad, manipulación del deseo, producción de una gran cantidad de porquerías destinadas a satisfacer necesidades creadas socialmente. Por otro lado, lo que se llamó entonces «Tercer Mundo» era mantenido bajo una dominación colonial o post-colonial que permitía explotar sus materias primas.
Todo esto cambió desde la crisis de los años 1970 y la reestructuración del capitalismo que esta provocó. Las deslocalizaciones de industrias y de servicios han permitido por tanto bajar el coste del trabajo a nivel mundial. El consumo ha sido sostenido por el desarrollo del crédito, que se trata de gasto público (y de deuda pública) o privado. Pero este mismo sistema está agotado, como demuestra la crisis que comenzó en 2007. El crac de 2008 no ha podido ser reparado más que por medio de una expansión masiva del endeudamiento estatal.
La cantidad de esta deuda, en adelante imposible de devolver, es la expresión concreta de este callejón sin salida. La crisis de la deuda pública en Europa y las perspectivas de caída de Grecia, en adelante bastante real, son la prueba de ello. El sistema financiero no es la causa de la crisis, al contrario, es él quien ha permitido a la crisis, provocada por la contradicción recurrente del capitalismo, estallar tan tarde.
Actualmente, todo ello golpea a los Estados bajo la forma de una crisis presupuestaria y de diversos programas de austeridad. En toda Europa, se nos explica que vivimos por encima de nuestros medios, que vamos a tener que trabajar más y apretarse el cinturón. Frente a esta situación, muchos se vuelven hacia el Estado como si fuera quien permite imponer límites a los «desajustes del mercado».
«Con más poder del Estado para enmarcar el sistema financiero podríamos construir una economía más social y más próspera». Pero el discurso antiliberal choca contra una evidencia 1: el Estado no es quien se opone a la esfera de la economía, se encuentra en una relación de total interdependencia con la economía. La razón de ello es sencilla: debe utilizar el dinero para financiar sus proyectos. Cuando la economía comienza a ralentizarse, limita y amortigua su acción. Con la disminución de sus medios financieros, el Estado se reduce a la gestión cada vez más represiva de la pobreza.
Concretamente hoy en día los Estados sólo tienen dos opciones a elegir entre dos políticas: austeridad drástica o creación monetaria, es decir recurrir a la fabricación de billetes. La primera conduce a la recesión violenta, la segunda a la explosión de una inflación incontrolable.
El paro crece y tanto la miseria como la barbarie corren el peligro de propagarse de manera dramática, tal vez entrecortadas por algunas fases de reactivación. Entonces, ¿de qué sirven estas consideraciones de desánimo? ¿de qué sirve insistir en que la crisis que empezó en 2008 corre el peligro de hacerse más profunda? ¿porqué alegrarse mientras corremos el peligro de sufrir las consecuencias de ello y de ser los primeros afectados? Y más todavía cuando el capitalismo ha mostrado hasta ahora que podía sobreponerse a sus crisis. Incluso que era un sistema en estado de «crisis permanente».
De hecho, no hay contradicción fundamental entre el hecho de decir que la crisis se profundiza estos últimos años y que el capitalismo es de cierta manera una crisis permanente: la crisis puede analizarse al mismo tiempo como un modo de funcionamiento ordinario del capitalismo y como un replanteamiento potencial de su propia existencia. El capitalismo es aquél juego que incluye su contradicción en sus propias reglas, y que por lo tanto podría tender a su propia abolición, pero la realidad es que es la lucha de clases, somos nosotros quienes lo tenemos que hacer.
Está claro que la crisis actual podría resolverse por medios ya utilizados histόricamente por este sistema en contextos comparables: guerra(s), destrucción masiva de medios de producción y de la fuerza de trabajo. También podría durar mucho tiempo en un proceso continuo de empobrecimiento para la mayor parte de nosotros, agitado por explosiones sin salida, incluso conflictos de todos contra todos (competencia entre grupos, racismo…).
Sin embargo, también se puede pensar que, durante una crisis grave prolongada, los automatismos sociales, los hábitos, se debilitan y desaparecen. Muchas personas podrían replantearse lo que ellas considerarían antes como natural, inevitable. Y es que, efectivamente, las crisis son los momentos más propicios para poner en duda al capitalismo.
Entonces, ¿porqué este análisis (que es más o menos lo único confirmado hoy en día por la reciente crisis) suscita tan poca atención? ¿porqué es tan difícil admitir hoy en día que nuestro sistema está agotado? Ante todo nadie quiere realmente imaginar el fin del capitalismo. La idea misma suscita el pánico. Todo el mundo piensa que tiene muy poco dinero, pero todos se sienten amenazados. Ahora bien, es al dinero pero también a la mercancía, al trabajo, a la propiedad y al Estado a los que hay que atacar.
La desaparición de esta sociedad representa tal conmoción, que no se encara necesariamente con suavidad. Sin embargo, no estamos condenados a intentar salvar la economía que se tambalea y nos aplasta. Podemos contribuir a su desaparición. No por nada, sino por un mundo sin Estado y sin clases, un mundo para todas y todos, sin explotación ni dominación.

Grupo de la Revista Internacional Sobre la Crisis – Paris

1- Los antiliberales sueñan con volver a un Estado que les protegiera del capitalismo a pesar de que la función del Estado es asegurar su buen funcionamiento. En estas condiciones, su política desemboca simplemente en nuevas formas de patriotismo económico, de medidas más o menos proteccionistas para intentar impedir las deslocalizaciones, e incluso en el nacionalismo.