La crisis, metáfora del capital

La crisis es la metáfora del capital, en tanto que nos explica el mundo por él producido. La crisis, hace visible y pone de manifiesto lo que sucede cotidianamente a nuestro alrededor y que esta misma cotidianidad oculta. Nos hace comprender mejor el sistema capitalista ya que nos confronta con su verdadera naturaleza: la de poner en crisis el mundo y todo lo que en él habita. Un sistema cuya finalidad no es satisfacer las necesidades de la gente sino la de acumular capital. En la producción de objetos, ya mercancías, se busca no su valor de uso sino su valor de cambio, siendo el valor de uso la coartada del valor de cambio.
También podemos ver en la crisis su impacto propagandístico-informativo, cuando la información no es otra cosa que propaganda. Aumentar la resignación y el consenso y dar por insuperable este sistema es el objetivo de la propaganda. De tal manera que el capital pueda continuar a través del Estado con sus prioridades económico-políticas, es decir, incrementar la explotación y proseguir con el proceso disciplinante sobre la sociedad: reducir salarios, reducir plantillas, aumentar la carestía de la vida, debilitar la resistencia social, sin dejar de utilizar la represión directa. Y asimismo conseguir, con la colaboración de su Estado, un gran trasvase de dinero: por la vía de los impuestos o saqueando los ahorros, para qué pase a manos de una minoría de capitalistas. El Estado del capital ha permitido y permite este gran saqueo, que no es sólo de dinero público sino también de otras riquezas, como por ejemplo las empresas públicas que pasan a manos privadas o la apropiación de tierras, montañas, selvas, costas, para cercar, perforar, arrasar, talar, contaminar y destruir para extraer el máximo beneficio para unos pocos, a cambio del máximo maleficio para la gran mayoría.
En definitiva, el capital ha hecho de la crisis un arma para someter al mundo entero. También es para él un instrumento que le permite reorganizarse, al mismo tiempo que le permite seguir acumulando desmesurados beneficios, cada vez en un número más pequeño de individuos ocultos detrás de las sociedades anónimas. Con la crisis se pone pues de manifiesto el lado más oscuro del modo de producción y de vida capitalista: más precariedad en el trabajo y en la vida diaria, más pobreza, más sinrazón, más muerte.
La crisis de un modo de producción y de vida: su recorrido
En su recorrido histórico el capital ha provocado diferentes crisis y en cada una de ellas ha habido una reestructuración del modelo productivo y de dominación. Señalaremos tres momentos:
— En la segunda mitad del siglo XIX se da una crisis de valorización, a la que el capital hace frente mediante nuevas fuentes de energía: electricidad y petróleo, y una nueva organización del trabajo (OCT) consiguiendo así una mayor explotación de los trabajadores. No se puede olvidar, en esta época, la acumulación capitalista por el expolio colonialista.
— El año 1929, cuando el crack de la bolsa, se produce una crisis de sobreproducción: la capacidad productiva superaba con creces la demanda. Esta crisis se alargará hasta 1945 y se resuelve con la segunda Guerra Mundial, la más brutal y mortífera que ha conocido la humanidad. Será el pleno funcionamiento de la industria de guerra y el ciclo de destrucción-reconstrucción mundial, el que permitirá al Capital entrar en un nuevo ciclo productivo: es el modelo keynesiano. En el sistema productivo industrial se impone el modelo fordista de concentración obrera y productiva. En el llamado primer mundo, el trabajo no falta y el nivel de paro es mínimo, es la época de los electrodomésticos, la televisión y el automóvil. También se impone a nivel mundial la industrialización de la agricultura y el sector terciario: industria del turismo, la cultura y el ocio. Asimismo se impondrá una nueva forma de colonialismo económico. Es lo que conocemos como sociedad de consumo, estado del bienestar, cuando el capitalismo enseña, en estas sociedades que llama del primer mundo, su lado más humano, o mejor, su lado menos inhumano.
En su invariancia como relación social y como modo de producción de mercancías –los productos del trabajo humano toman la forma de mercancías y las relaciones que se establecen entre las personas toman la forma de relaciones sociales entre cosas–, llegamos a la fase consumista. Consumir será el primer mandamiento. No consumir rozará el delito y será una enfermedad. El Estado se hará cargo de nuestra supervivencia, de todo el ámbito de la reproducción del que cuidaba, hasta entonces, básicamente la familia. Él se ocupará de nuestra salud, de la enseñanza en todas sus fases a partir de la crianza. Desposeídos en todos estos ámbitos de un saber tradicional nos hará dependientes del Estado, instaurándose de esta manera la dependencia y la asistencia como estilo de vida. Es la sociedad del consumismo que hoy toca fondo. Sociedad que el mismo capital deja atrás.
— El actual modelo de dominación capitalista se inicia en 1973, con la llamada crisis del petróleo que es una crisis de rentabilidad. El capital buscará nuevas maneras de aumentar la rentabilidad de sus beneficios. La organización productiva la veía demasiado rígida y la fábrica extensa o fordista representaba una concentración obrera demasiado peligrosa, un símbolo desde el que se podían conseguir, con luchas, muchas victorias y demasiadas reivindicaciones. El capital impone en el sistema productivo, el toyotismo y el modelo de producción disperso, basados en una gran flexibilidad de los trabajadores y en la deslocalización de las empresas. La flexibilidad laboral venía acompañada por la fragmentación de los trabajadores, por su atomización definitiva, así como por un aumento de la precariedad laboral: contratos a tiempo parciales, bajadas de salarios, más horas de trabajo y un constante aumento de la carestía de la vida. La dispersión de la producción significa, además de condiciones de explotación más extremas, hacer más difícil o casi imposible detener completamente el proceso de producción que sólo se puede romper por la paralización de la cadena logística.
Gestación y gestión de la actual crisis
A partir de 1973 se empieza a poner fin al modelo keynesiano y se impone, en el dominio ideológico de la economía mundial, la facción monetarista de la Escuela de Chicago que conoceremos con el alias de neo-liberales. No podemos olvidar que el neo-liberalismo se pone en práctica sobre una feroz represión y la sangre de miles de asesinados, primero con los militares chilenos (al llamado de Pinochet acudieron corriendo Friedman y sus chicago boys) y después de los militares argentinos. Su expansión mundial, se impone con los gobiernos de Tatcher en Gran Bretaña y Reegan en EEUU. La doctrina keynesiana quedó arrinconada en el recuerdo de algunos nostálgicos y la doctrina monetarista neo-liberal se impuso como la ideología económico-política que aún sufrimos.
En las décadas de 1980 y 1990, se produce un gran desarrollo de las nuevas tecnologías, primero la microelectrónica, la cibernética y la robótica, después la biomedicina, la tecnología molecular y las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs). Esto propicia importantes cambios en el proceso productivo y en el sistema financiero, pero también en la estratificación social, en los medios de comunicación, en las instancias culturales y psicosociales, en la recomposición del mundo del trabajo y en las formas de lucha y organización.
Esta transformación de la esfera del trabajo y de los mercados implicará al mundo entero. En los últimos treinta años se ha producido un acelerado proceso de proletarización que ha capturado a millones de personas en Asia: China, India, Bangladesh, Indonesia, Vietnam, etc.; en América: Brasil, Ecuador, sólo en la zona de maquilas del norte de México trabajan más de 1,5 millones de trabajadoras (la mayoría jóvenes adolescentes); también en África: Egipto, Marruecos, Etiopía, Sudáfrica, Níger, Congo etc. Trabajadores altamente explotados, mal pagados, con jornadas de trabajo interminables con alta insalubridad. Esta masiva proletarización ha producido grandes desplazamientos de la población, desarraigos y desposesiones.
Lo que sí ha hecho posible esta nueva y agresiva mundialización del capital, es que hoy se dan al mismo tiempo todos los modelos productivos capitalistas. Podemos encontrar, incluso en el mismo territorio, el modelo altamente tecnológico e informatizado y también el modelo manchesteriano de la Satanic Mill (William Blake) o fábricas del diablo, donde se amontonan niñas y niños, mujeres y hombres, trabajando por sueldos miserables en unas condiciones de explotación como las que existían en el inicio del siglo XIX (la prueba: las más de mil muertes de la fábrica de Dacca).
Todas estas transformaciones provocan nuevos procesos disciplinantes en el mundo y también en occidente, donde nosotros nos encontramos. Un nuevo proceso de contrarreforma se impone, no sólo en la esfera del trabajo donde no se contemplan o se pierden derechos conquistados con años de luchas y de muertes, sino también socialmente con el repunte de la religión y del nacionalismo en la teatralización política.
Una cadena de crisis nos ha golpeado a lo largo de los últimos cuarenta años: el crack financiero de 1987, la crisis monetaria de 1992-93, la de los mercados del sudeste asiático en 1997, la de las puntocom y la caída del NASDAQ en el 2000, etc.; además unos cien Estados de los (de los 194 que hay en el mundo) han sido golpeados por alguna crisis. Finalmente en el 2007-2008, entra en quiebra el sistema de crédito debido al impago de las hipotecas de alto riesgo y nos meten en esta llamada crisis financiera que aún arrastramos.
¿Pero cuál es el relato que nos venden sobre el origen de esta crisis con la que se nos castiga? Que todo es culpa del mal funcionamiento del capital financiero, de los especuladores y corruptos; de esta manera, culpando a una pequeña parte del sistema, se da por bueno y justo el mismo sistema capitalista que produce todo esto. Cuando en realidad la crisis es la metáfora tras la cual se quiere ocultar la brutalidad del sistema y sus contradicciones.
El Capital cada vez invierte menos beneficios en la parte productiva, derivando una parte importante de ellos a los sectores de la especulación financiera: ya en 1990 el importe total de las transacciones financieras representaban 15 veces más del PIB mundial, pero en el 2007 eran 70 veces más. El mercado financiero se convierte en el principal motor de ganancias, en financiador de inversiones y distribuidor de ingresos y beneficios. La globalización del sistema financiero realiza la esencia del dinero en tanto que máxima abstracción y fetichización.
Los capitalistas depositan las ganancias en el sistema financiero, para obtener más beneficios. Para mejorar y ampliar el proceso de producción industrial han de depender del crédito. La deuda aparece como parte imprescindible para el funcionamiento del sistema capitalista: de las empresas, del Estado (con la deuda soberana) y también las personas y familias se hipotecan con créditos al consumo que encubren los bajos salarios y el aumento constante del precio de los productos. Sin el crédito no funciona la producción, pero tampoco el Estado. La sociedad de consumo se colapsa sin crédito. Detrás de la deuda pública y privada encontramos, oculta, la cara del poder del dinero privado. El crédito es un avance del beneficio (o del salario) y necesita de un futuro, es decir, permite gastar dinero futuro. La compra de dinero, crea ficticiamente nuevos dineros cogiéndolos del futuro y poniéndolos en el mercado del presente. Con el crédito, el futuro de las personas queda hipotecado, la deuda es un pagaré a futuro que coacciona y modela los comportamientos del presente.
La actual crisis, llamada financiera. El actual estado del malestar
Así llegamos a la situación de la crisis financiera actual, con la constatación de que el capital financiero en circulación está lejos de tener el valor que representa. Y la crisis estalla por el punto más débil: el impago de la deuda. Entonces el crédito se congela, se retrae la inversión, lo que deriva en una disminución de la actividad económica, en la caída de la producción, el paro y la bajada del consumo: es la recesión. Por lo tanto existe una doble conexión entre el capital financiero y el capital productivo: como inversor y deudor. Aunque aparentemente toman caminos paralelos, el punto de encuentro de ambos son los numerosos beneficios que reportan a una minoría capitalista.
También existe una conexión entre el Estado y el capital, ya que fue la burguesía (en el siglo XVII en Inglaterra, pero sobre todo en el XVIII en Francia) la clase que se apoderó del Estado, formando el Estado del capital: esta jerga de la ilusión democrática, de un espacio separado, garante de la voluntad general, en el cual seríamos todos iguales, ciudadanos, es un cuento: No me contéis más cuentos / que vengo de lejos / y me sé todos los cuentos / No me contéis más cuentos (León Felipe).
Sobre la situación en el Estado español cuando vemos que la mayor fuente de acumulación la constituyen la asociación de especuladores de la banca, el turismo, el sector de la construcción e inmobiliario, su radiografía se pinta sola. Añadamos a esto el elevado índice de paro que es estructural: en el año 1992, el año olímpico, el paro llegó hasta el 24,5 % y actualmente el paro general es más del 26 % y el juvenil sobrepasa el 56 %.
Asistimos pues en este último año, aquí, en la región española, a un continuo empeoramiento de las condiciones de vida: lo real de la crisis se muestra con el aumento de los desahucios, del paro, de la pobreza, de los suicidios, de las medidas disciplinarias, de la represión, de la corrupción, del despilfarro, de las reestructuraciones, de las deslocalizaciones, de los EREs. y por el aumento de las políticas que conllevan la contaminación y la destrucción del territorio y por extensión del planeta.
Señalemos que el crecimiento económico del capital se acelera en el tiempo, que no siempre esto ha pasado o siempre ha sido así. La ofensiva actual del capital es relevante; su marcha hacia un pretendido crecimiento al infinito lo lleva a emplear todas las armas, las del Estado y las propias. Haciendo uso de sus omnímodos poderes, hoy, por ejemplo, en el Estado español, 21.000 estudiantes de 3º de ESO repartidos en 400 colegios reciben clases de contenidos financieros: Bolsa, fondos de inversión, valores atractivos; valores tóxicos, etc. El Banco de España y la CNMV aspiran a convertir dichos conocimientos en obligatorios en la enseñanza española. Paso a paso intentan extender su cultura de la economía a todo el país; comparando cualquier periódico de hace 25 años con uno de actual vemos como en éste la economía ha pasado a ocupar un lugar relevante, por su extensión y por los grandes titulares que a ella le dedican. También los suplementos, espacios y programas en la TV, etc., andan por este camino. Han conseguido con esta propaganda que el 22 % de las familias españolas tengan acciones de empresas que cotizan en Bolsa, cifra superior a la de la mayoría de los países de la UE. (a. 2013). Ello supone que cerca de 9 000 000 de Españoles invierten en Bolsa.
En el año 2012 el número de personas con unos activos financieros de al menos un millón de dólares, excluyendo la primera vivienda, se situó en España en 144.600 personas, un 5,4 % más que en el año 2011.
La pobreza ha crecido un 8 % en España desde 2008, a la par que se ha duplicado casi la desigualdad entre las autonomías. Respecto a la pobreza económica –parámetros de la renta y del paro– ha crecido un 17 % en España entre 2006 y 2011.
Resistencias: recuperar espacios. Regresa la cuestión social
Ante tal agresión a nuestras condiciones de vida aparecen la rabia, las revueltas, la rebeldía, el ansia de libertad, los gestos diarios que nos señalan el necesario cambio de sociedad, cambio no utópico, no para cambiar los individuos sino para cambiar las relaciones sociales que se establecen entre ellos, pues son estas relaciones las que conforman una sociedad en la que un individuo será libre o esclavo.
No queremos hacer una lectura idealista de las protestas y de las resistencias que la actual fase capitalista genera, y ahorrarnos así plantearnos el problema de la domesticación que lleva a cabo la dominación capitalista y la cuestión subrayada por La Boétie de la servidumbre voluntaria, pero tampoco queremos caer en el tópico izquierdista radical de solo ver en la gente productos de la alienación que el modo de producción de mercancías introduce.
Sabemos de las respuestas de la población explotada por el capital a lo real de esta crisis. Además de las respuestas respetuosas con las necesidades del capital y bien canalizadas por los sindicatos, ya bien pregonadas por los media, ha habido y hay otras más irreverentes, más espontáneas y autoorganizadas fuera del corsé sindical. No queremos con esto introducir la falaz distinción entre luchas reformistas y luchas revolucionarias o anticapitalistas: en ambas sus protagonistas procuran mejorar su condición, pero sólo unas nos muestran resortes por los que escapar a la lógica productivista, y a ellas ahora atendemos. Tampoco queremos magnificar el grado de violencia de muchas de estas respuestas, no es esta cota de violencia la que valoramos como medida de radicalidad, aunque ciertamente ella nos muestre el grado de determinación del individuo o colectivo en cuestión. Respuestas de la gente normal, gente que conserva, en contra de lo que quiere hacernos creer la televisión, una orientación natural por la igualdad y la comunidad. Fuera de la órbita televisiva aprendemos que no todos los trabajadores pactan reducciones salariales para evitar despidos, que muchos, con decisión, consiguen no perder sus mejoras laborales largo tiempo conquistadas, que otros quieren ya dejar el trabajo asalariado y ensayan otras formas de vida.
Ahora queremos hablar más de lo posible como parte de la realidad, más de las posibilidades que tenemos el conjunto de los humanos de construir otra sociedad que desarrolle lo que de más humano hay en nosotros, más de la vida que vemos surgir por todas partes. Hablar de nosotros, no tan enajenados y aborregados como nos ven los tertulianos críticos que hablan y escriben acerca de nosotros, sino dados más bien a la ayuda mutua, a la amistad, a la generosidad, al rechazo espontáneo de la injusticia y de cualquier forma de poder, a quienes el poder deja indiferentes.
Queremos hablar de la autonomía que se construye en las comunidades indígenas; de la vida cotidiana en tantas colectividades enraizadas en la superficie de la tierra; de la creación, a través del gesto y de la palabra, que asoma detrás de cada esquina; de la relación entre iguales que se establece en las plazas y en los rincones de todas las ciudades del mundo; de las incesantes luchas por conservar algo de la vida que va a ser destruida por la Economía; de la rebelión individual y colectiva para afirmar la dignidad y la autonomía; de los pequeños gestos rebeldes que germinan bajo el anonimato; de la poesía más a ras de suelo que desafía la banal grandilocuencia de la que se dicta desde arriba; del empeño por construir relaciones horizontales más allá de la mediación estatal; de la actividad cooperativa y del intercambio para cubrir nuestras necesidades sin la mediación dineraria; de nuestros sueños que desde el mañana buscan realizarse en el presente. Hablar, en definitiva, de nuestra vida.
Mencionemos ahora unos ejemplos que ha modo metafórico dicen más de lo que son. Durante el año 2011, se ejecutaron en el Estado español desahucios con un ritmo de 159 cada día; en el primer trimestre del 2013 se han ejecutado 19 468 desahucios, es decir, una media de 216 diarios. También sabemos que durante el año 2012 más del 80 % de los desahucios ordenados por los jueces en Madrid fueron encargos de Bankia para ejecutar sus embargos hipotecarios. Esto nos pone ante la evidencia que tan acertadamente señalaba León Felipe: que la justicia vale menos / infinitamente menos / que el orín de los perros /…ahora que la justicia tiene menos, / infinitamente menos / categoría que el estiércol.
Ante esto, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), entre otras muchas acciones, ha ocupado y liberado más de una docena de edificios de viviendas en Catalunya: en Terrassa, Sabadell, Salt, Rubí o Blanes. Las últimas, un bloque de cuatro plantas en Vilanova i la Geltru propiedad de la Caixa del Penedès, otro edificio en Badalona propiedad del Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA) vacío desde hacía cuatro años y un bloque de siete pisos, de nueva construcción, que pertenece a CaixaBank, en Manresa.
En Sevilla, el 17 de mayo del 2012 tiene lugar la ocupación de un bloque de viviendas que la entidad financiera Ibercaja mantenía cerrados y vacíos, allí tiene lugar un interesante ejemplo de actividad solidaria y ayuda mutua, protagonizado principalmente por mujeres, en la Corrala La Utopía. Ahora, un año después, una decena de Corralas se han formado en Andalucía; en Sevilla se han ocupado y liberado diversos edificios a los que se les ha dado nuevos nombres: la corrala La Libertad en Triana, La Unión en el Cerro del Águila, también La Alegría, La Ilusión o la corrala La Esperanza; en otros pueblos y ciudades también se han ocupado y liberado edificios que eran propiedad de bancos como la Corrala Liberación en Alcalá de Guadaira, la del Sueño en Tocina-los Rosales, la del Mirador en Villanueva del Río, mientras que en Málaga se han constituido la corrala Las Luchadoras y La Buenaventura.
Desde 2011 los vecinos del barrio de Sants de Barcelona ocupan los locales de la fábrica textil de Can Batlló que empezó a funcionar en 1878, lugar de encierro y explotación que pasa a ser centro de actividades libres. La ocupación de la antigua sede de la Cooperativa de Consumo la Flor de Maig en el barrio de Poblenou de Barcelona por un grupo de vecinos de la Asamblea de Poblenou; fundada en 1890 por una decena de obreros, llegó a ser una de las Cooperativas de Consumo más grandes de la Península Ibérica, ahora se ha vuelto a llenar de actividades. Haciéndose real el grito ¡A cada desahucio, una ocupación!
Estos son sólo unos ejemplos de una corriente, unas veces soterrada y otras más visible, de rabia e indignación que recorre la Península Ibérica. El movimiento de las okupaciones que se ha alargado en el tiempo, durante la década de 1990 al 2000 fue muy activo, todo él acompañado por una buena cantidad de música; ahora lo vemos nuevamente en alza a raíz del 15M y del movimiento de la PAH, con ocupaciones que se han extendido por todo el Estado. La diferencia entre el primer movimiento y el de ahora, es que aquél se centraba esencialmente en un estrato social determinado por la juventud y afín a un movimiento radical, mientras que el de ahora es mucho más transversal y acoge a varios sectores de la sociedad.
También la conflictividad refleja y esconde la situación actual de la lucha de clases. En el Estado español, como ya es sabido, las luchas obreras tuvieron su periodo álgido de 1976 hasta 1980 con un promedio de más de mil cien huelgas anuales. Luego siguió hasta 1996 pues la lucha contra la reconversión industrial y agrícola impuesta por la entrada en la UE dio lugar a importantes conflictos, con un promedio de casi mil huelgas anuales. Después la cuestión obrera pasó, aparentemente, a segundo término, no obstante esto no era tan real. Pero desde el inicio de la crisis se han reactivado las luchas obreras, si bien, mayoritariamente, tienen un carácter defensivo, principalmente contra los EREs y las reducciones de salarios y plantillas. De hecho el Estado español es el segundo Estado europeo con una tasa de movilización obrera más alta, sólo superado por Italia. También es uno de los Estados con más baja afiliación sindical, un 15 %; solo Estonia, Lituania y Francia tienen una afiliación sindical más baja, sobre un 10 %.
El año 2009 fue el más conflictivo, se contabilizaron 1 125 huelgas en las que participaron 650 000 trabajadores, con una pérdida de 1 290 852 jornadas de trabajo; de estas 1 125 huelgas, 259 lo fueron en el sector público y 866 en el privado; estas 866 huelgas supusieron 27,2 millones de horas de trabajo perdidas; y las causas fueron: 335 huelgas por regulación de empleo (EREs), 129 para reclamar salarios atrasados, 123 para negociar convenios colectivos o su ruptura, 74 por causas extralaborales y 70 huelgas por solidaridad. En los siguientes años hay un descenso en el número de conflictos, así en el 2010 se dan 948 huelgas que significan 671 498 jornadas de trabajo perdidas; frente a las 777 huelgas del 2011 con 484 540 jornadas no trabajadas.
Desde el 2008 ha habido cuatro huelgas generales, en el 2010, el 2011 y dos en el 2012, además de ocho huelgas generales en Euskal-Herria desde que se inició esta crisis. También en el 2012 tuvo lugar el conflicto de la minería, por una cuestión defensiva de reducción de las subvenciones y provocó una huelga general del sector y una larga marcha de los mineros hasta Madrid. No se pueden olvidar las movilizaciones en los sectores de la enseñanza y la sanidad.
De las huelgas desarrolladas este año hay que resaltar la iniciada el 3 de junio en forma de huelga indefinida en las plantas de Hewlett Packard de Zaragoza y de Sant Cugat del Vallès que afectó a sus 2 100 trabajadores, contra la bajada de salarios y recortes de condiciones laborales; ha sido la mayor huelga en el sector informático español, después de nueve días de huelga la empresa se avino a la mayor parte de las condiciones exigidas por los trabajadores.
Entre nosotros
Volvamos al principio: La crisis es la metáfora del capital que nos da a entender el mundo por él producido… pero ¿De qué nos sirve este saber? ¿Cómo hacerlo operativo en la dirección de un cambio social necesario para salir de la barbarie actual? ¿Cómo movilizarnos contra las consecuencias del capitalismo y contra el capital mismo?
El mismo capital ha liquidado su fase consumista, la sociedad asistencial. Imposible volver atrás. Luchar contra las medidas que el capital está imponiendo, luchar contra los recortes en sanidad, enseñanza, pensiones, no es para regresar al estadio anterior, dejando de nuevo nuestras vidas en manos del Estado sino para, en estas luchas, en este recorrido, apropiarnos nosotros de nuestras vidas, desplegando nuestros saberes, nuestras razones: la ayuda mutua, la solidaridad, el trueque, la afinidad, el don, la gratuidad. Recorrido contra las instituciones del Estado y a favor nuestro, sin caer en la ilusión de que con ello salimos ya del capitalismo, lo que sería banalizar un modo de producción y de vida, una relación social.
¿Cómo volver a nuestro favor la actual disminución del consumo, sin aupar un miserabilismo? ¿Cómo volver a nuestro favor el aumento del paro, el no trabajo? Replantear hoy lo que decíamos ayer al hablar contra el consumo y contra el trabajo…
Sin crecimiento no se sostiene el sistema actual, y parece que cada vez estamos más cerca del punto límite en el que no habrá retorno, de un linde intraspasable, de una raya tras la cual viene el derrumbe, puesto que el agotamiento de las fuentes de energía conlleva el fin de todo tipo de bienestar posible. Aparte de otras consideraciones sociales, económicas y políticas, todas ellas interrelacionadas, y sin ponernos lúgubres, la sola perspectiva del fin de la energía es tan contundente como definitiva. El consumo energético ha crecido de manera exponencial estos últimos doscientos años, es decir cada determinado período ha doblado al anterior ; es evidente que esto se acaba. ¿Otro modelo? ¿Permitiría el sistema un modelo que le prestara menos retribuciones?
Atrapado entre la necesidad de «energías limpias y sostenibles» y las periódicas catástrofes en sus plantas nucleares, o entre poder contaminar pagando cánones especiales para producir en sus fábricas y la extensión del fracking a fin de exprimir los subsuelos a costa de niveles gravísimos de destrucción y contaminación, los dioses del dinero intentan abrirse paso. A falta de una guerra, ignoramos si estamos en los inicios de una nueva era de cataclismos o en un momento en que ellos necesitan rescatar el máximo del capital ‘concedido’ a las masas para su posterior reapropiación a través de su consumo… En cualquier caso, interesa nuestra autonomía en lo personal y en lo colectivo, depender en lo mínimo de aquella máquina. No era este el tipo de bienestar que habíamos deseado, no hacía falta una técnica derivada de la militarización del mundo ni un bienestar basado en la destrucción del planeta. Esta realidad es la que nos ha sido impuesta, y lo que tenemos, bueno, malo y/o ambivalente, lo hemos pagado con creces.
El rostro de aquellos dioses es cada vez menos amable y tras cada recorte, usurpación o saqueo su descrédito cala incluso en algunos defensores del imaginario político. Es necesaria la multiplicación de núcleos de oposición en los que se desarrolle de manera teórica y práctica la conciencia de que otra sociedad es posible, haciendo virtud de la trasgresión; canales horizontales de comunicación, espacios de goce y ocio sin mercantilismo, liberación de espacios especulados, disfrute de objetos sin valor de cambio, aprendizaje cotidiano de lo que entre todos sabemos…
Con la explotación y expolio de los casquetes polares, de los fondos marinos, los subsuelos con energías fósiles, la minería, el agua, el uranio y el tratamiento de lo nuclear, etc., el capital cava su tumba. ¿También la nuestra? Nos queda –no exclusivamente– hasta donde sea posible, la marginación –no quedarnos fuera puesto que esto es imposible dada la casi universalidad del sistema–, la autoexclusión, el ser saboteadores del sistema, ser más carga que alimento del mismo.

Etcétera