¿Esta soluble Portugal en la crisis?

Hace 40 años, el 25 de abril de 1974, un golpe militar dirigido por una organización de jóvenes oficiales, el Movimiento de la Fuerzas Armadas (MFA), derrocó al viejo régimen salazista, encenagado desde 1961 en una guerra colonial en tres frentes africanos (Mozambique, Angola y Guinea-Bissau). A su caída le siguió un período de ricos movimientos sociales. Una segunda intervención militar, el 25 de noviembre de 1975, puso fin a esta agitación social y política. Estos acontecimientos, relativamente recientes, siguen marcando la sociedad portuguesa e influyendo en los movimientos sociales, surgidos en las condiciones actuales de crisis.

La memoria del 25 de Abril, el mito de los vencedores
Existe, evidentemente, un relato oficial del 25 de abril de 1974. Como ocurre en cualquier sociedad, es el relato de los vencedores. Se halla asociado a la memoria del 25 de noviembre de 1975, el segundo golpe militar que restableció las condiciones de funcionamiento de la democracia parlamentaria y normalizó la situación social, integrándola en el marco de un capitalismo eminentemente privado. La memoria popular del 25 de abril se identifica, globalmente, con este relato oficial: el establecimiento de la democracia parlamentaria, de la vida política institucional, de las libertades formales, del cuadro jurídico de la explotación capitalista, el respeto a la propiedad privada. Estos mitos y la mentira política nutren la amnesia social y son un componente de la resignación actual.
Es de sobras conocido –y todas las fuentes definitivamente lo sostienen– que, al principio, la mayoría de los oficiales golpistas del 25 de abril solo contemplaba una modernización del antiguo régimen y la instauración de un proyecto neocolonialista. De manera intuitiva, debido a su intervención directa en los acontecimientos, las clases populares se anticiparon a este guión, forzando a los militares a cambiar sus planes. Las manifestaciones en la calle y los ataques contra los esbirros del antiguo régimen derivaron rápidamente en huelgas y ocupaciones de empresas, en depuraciones de patronos y directivos ligados al antiguo régimen, en expropiaciones por parte de los trabajadores agrícolas de los grandes latifundios del sur del país, en la organización de cooperativas de producción y en tentativas de autogestión. La fuerte oposición popular a la continuación de la guerra provocó igualmente motines en los cuarteles y el desmoronamiento de la cúpula militar. Este proceso de radicalización de las luchas tuvo que enfrentarse rapidamente a la estrategia política del Partido Comunista (PCP) que, recién salido de la clandestinidad, había entrado a formar parte del gobierno provisional instaurado por los militares. La amplitud del movimiento social favoreció la eclosión de la auto-organización y la aparición de un proyecto independiente de estilo autogestionario que se opuso al autoritario, de naturaleza de capitalismo de Estado, defendido por el Partido Comunista. Durante largos meses de agitación social –período que verá su fin el 25 de noviembre de 1975– estas dos corrientes se enfrentarán entre sí pero también con las fuerzas locales que defenden el orden del capitalismo de carácter privado (el Partido Socialista Portugués, aliado con la mayoría del aparato militar) apoyadas por los gobiernos europeos y americano.
Sin embargo, y a pesar de la fuerza de este movimiento y la intensidad de estos enfrentamientos, uno de los falsos mitos que se mantiene vivo en la actualidad, es la idea de que la ruptura con el antiguo régimen autoritario y colonialista se debió a la generosidad de los militares… Y es así como, en la actual situación de desespero, «el discurso popular» empieza a especular sobre la posibilidad de un nuevo golpe de estado capaz de acabar con una situación que se ha vuelto insoportable. Es una manera distinta de expresar la impotencia y la falta de esperanza en la posibilidad de una lucha colectiva. Hay que recordar que esta espera es tributaria de las vicisitudes de la historia portuguesa desde hace un siglo, marcada por recurrentes intervenciones de la institución militar en la vida política de la burguesía. Estas especulaciones, sin embargo, ignoran las modificaciones del marco histórico, la integración del país en Europa y las transformaciones de la institución militar.
Con la actual crisis, con las políticas de austeridad y el empobrecimiento social, aspectos del 25 abril que podríamos creer enterrados en el inconsciente colectivo, han aparecido de nuevo. Concretamente las aspiraciones de igualdad y de justicia social y el rechazo de la política tradicional. Es importante señalar de paso que –al contrario de lo sucedido en Grecia– el actual período de profunda crisis social carente de nuevas perspectivas políticas no ha favorecido a los grupos de ideología fascista ni han suscitado una espera de un salvador carismático. El salazarismo continúa siendo una referencia odiada, aunque, de manera puntual y superficial, algunos comentarios populares puedan hacer referencia a este largo período autoritario como una época finalmente «menos mala» que la actual. Lo que, de hecho, dice mucho sobre el fracaso del proyecto democrático y la corrupción que gangrena la vida política. Fracaso que se ve corroborado por la alta tasa de abstención en las elecciones, tasa que se ha prácticamente doblado desde 1974 hasta nuestros días. Así, durante las elecciones municipales de finales de setiembre de 2013, la tasa de abstencíon alcanzó niveles históricos, alrededor del 48 %, sumándose un 7 % más de votos en blanco o nulos.
De manera general, puede pues afirmarse que la memoria del 25 abril es una construcción en parte mentirosa y mitificada. Se sabe poco o nada de los movimientos autónomos e independientes, de las prácticas auto-organizativas y de la democracia directa, que caracterizaron el período de subversión social vivido después del golpe militar. Al contrario, el mito oficial pone el acento en lo que tiene que ver con la democracia parlamentaria, con la delegación de poder, pero también en los símbolos como las canciones. En este caso concreto la deformación del pasado es igualmente manifiesta. El cantante comprometido José Afonso (fallecido en 1987) se opuso siempre a la línea capitalista del Partido Socialista y al autoritarismo burocrático del Partido Comunista. Apoyó las experiencias de auto-organización, de expropiación y de autogestión de empresas y latifundios. Como consecuencia, fue calificado como «peligroso extremista» por parte de estas organizaciones. ¡Pero, en nuestros días, estas organizaciones se lo han reapropiado como «camarada»! Es muy relevante, por el contrario, que la canción Grandola vila morena se haya convertido de nuevo en una referencia de fraternidad y de deseo de justicia social contra las políticas de intensificación de la explotación.
Una joven cineasta francesa ha realizado recientemente una película sobre una de las luchas más radicales del período revolucionario, que tuvo lugar en Sogantal, una empresa textili. Después de la fuga del patrón, las jóvenes obreras habían ocupado la fábrica intentando que funcionara de manera autogestionada. La cineasta descubrió con gran asombro que no quedaba ningún recuerdo de aquel acontecimiento en la localidad en la que se desarrollaron los hechos. Montijo, un municipio obrero situado al otro lado del Tajo, enfrente de Lisboa, es hoy en día una plaza fuerte del PCP y el recuerdo de esta gran huelga autogestionada fue simplemente borrada de la propaganda sindical y de partido.
De esta manera estas organizaciones burocráticas deconstruyen la historia según les conviene. ¡No se trata de un olvido de huelgas o movimientos llevados a cabo por el sindicalismo revolucionario de 1912 o 1920… sino de una lucha que tuvo lugar hace 38 años y cuyos protagonistas continúan viviendo en el lugar!

Las raíces de la amnesia
El proceso de amnesia social es complejo. Tiene sus raíces en la reproducción misma del sistema capitalista. En el caso portugués existen unas circunstancias específicas que contribuyen al proceso de borrado de la memoria. De entrada ha existido la labor represiva del fascismo salazarista respecto a la historia social de principios del siglo XX, un período de gran actividad sindical revolucionaria anarquista. Después, la gran ruptura que supuso la emigración de masas, movimiento que borra pasado, memoria, vivencias. Finalmente y sobre todo, el fulgurante proceso de la integración europea, de la alienación mercantilista, la idea engañosa de que se entraba en una nueva época de bienestar para todos. Un presente moderno que esconde el pasado pobre, en el que el futuro no es sino un eterno presente, cimentado sobre la alienación del «haber», del acceso al consumo, aunque fuera a través del crédito.
Pero, al cabo de pocos años llegaron los efectos devastadores de la crisis poniendo brutalmente en cuestión este brillante futuro. Solo en 2011, los ingresos anuales medios de cada portugués se vieron reducidos en 800 euros por el effecto combinado de las reducciones de salarios y pensiones, y el incremento de la retención obligatoria de impuestos y cotizaciones sociales.ii
La media que se obtiene de dividir el ingreso total por el número de habitantes, desde los burgueses rentistas a los asalariados, se halla enormemente por debajo de la realidad, pero permite sin embargo medir la violencia del ataque contra las condiciones de vida de los asalariados y de las clases populares. La amenaza de una vuelta a la pobreza de antaño tiene consecuencias paralizantes, lo que puede explicar, por lo menos en cierta medida, la atonía, la resignación fatalista y la falta de energía de la sociedad portuguesa.
En el seno de la juventud podemos observar dos movimientos solo aparentemente contradictorios, la radicalización de una minoría y una emigración masiva. En los dos casos, la realidad se ha impuesto a la ilusión. El paro y la rápida degradación de las condiciones de vida de la mayoría de la población ha acabado con la ilusión de la famosa «clase media», cuya llegada se había presentado como la marca de fábrica de la modernización europea. Los miembros de esta «clase media», en particular la juventud formada se ven, en adelante, forzados a tomar el mismo camino de siempre, el de la emigración, prueba irrefutable de su condición proletaria.
Se ha dicho suficientemente y es de sobras conocido por experiencia, que la historia solo se repite bajo forma de sainete. ¡Es pura evidencia que el 25 de abril es irrepetible! La actual sociedad portuguesa es muy distinta de aquella que se ahogaba dentro del cuadro jurídico y político del régimen autoritario salazarista enfrentado a una guerra colonial. Su fragilidad actual es, evidentemente, fruto de este pasado, pero la profunda crisis que la atraviesa poco tiene que ver con el salazarismo de entonces. El fascismo portugués y la guerra colonial, hechos históricos complementarios, fueron unos episodios tardíos en el recorrido de una sociedad pobre y con futuro capitalista frágil. La integración europea le dio un respiro pero al precio de agravar sus debilidades, pues esta integración supuso acabar con el débil tejido productivo, agrícola e industrial. De esta manera reencontramos el hilo conductor del proceso de decadencia de uno de los más antiguos Estados-naciones de Europa occidental, cuya historia representó, después de la pérdida de Brasil a principios del siglo XIX, una sucesión de desastres y errores. Hay que poner de relieve, aunque sea a contracorriente, los movimientos culturales y políticos surgidos en la sociedad portuguesa a lo largo de los dos últimos siglos, que han defendido valores cosmopolitas, modernos y universales. Entre ellos cabe destacar al sindicalismo revolucionario de principios del siglo XX y el impulso autónomo y apartidista que siguió al 25 de abril 1974. Estas corrientes reivindicaron el internacionalismo y la posibilidad de un federalismo ibérico, idea relativamente nueva, opuesta a la mediocridad asfixiante del nacionalismo.
Si evocamos el 25 de abril no como un acontecimiento mítico que esperamos se repita, sino más bien como una referencia de la necesidad de un movimiento social, estamos hablando de un movimiento nuevo en una situación nueva, lo que plantea otros interrogantes.
Desde mayo de 2011, el gobierno portugués está bajo la tutela de la «troika», un organismo formado por tres instituciones internacionales, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Los tecnócratas de este organismo siguen y controlan «in situ» la actividad económica y la política del Estado portugués. Imponen en la práctica las medidas de saneamiento del sector bancario, las medidas para desmantelar los servicios del Estado y las medidas de austeridad. Los devastadores efectos de estas medidas han provocado el surgimiento de movimientos sociales en el país sin precedentes desde hacía décadas.

El fin del consenso reformista
La novedad de la actual situación reside en el hecho de que algunas de las movilizaciones de los últimos años contra las políticas de austeridad son los primeros movimientos relativamente independientes desde los años de la revolución portuguesa de 1974-75. Evidentemente que militantes de organizaciones políticas forman parte de manera activa en estas movilizaciones, pero lo que las caracteriza es el hecho que se realizan al margen de las estrategias de los partidos y de los sindicatos de izquierdas, respondiendo a las llamadas realizadas a través de las redes sociales por activistas que hablan solo en nombre propio. Cuando nos referimos a la «izquierda» dejamos evidentemente de lado al Partido Socialista Portugués, potente y corrupto aparato institucional, ligado a diferentes lobbys capitalistas y a la mafia de la construcción, que domina la vida política desde el 25 de noviembre de 1975. El anterior gobierno socialista se comprometió ampliamente con las primeras medidas de austeridad impuestas por Bruselas mientras que en la actualidad busca «purificarse» a través de la «oposición parlamentaria». Además del «histórico» Partido Comunista Portugués, hay que mencionar al Bloco de Esquerda (BE)iii, organización de izquierda socialista más «moderno» compuesto por antiguos maoístas, trotskistas y comunistas independientes. Hay que destacar que, a pesar de la crisis, las recientes consultas electorales demuestran una bajada de la audiencia del Bloco, mientras que el PC se encuentra ligeramente fortalecidoiv.
En noviembre de 2010, con ocasión de una de las primeras huelgas generales del período actual, una agrupación de individuos y de colectivos, anarquistas, independientes, autónomos, radicales de distintos orígenes, unidos en un posicionamiento anticapitalista, se hizo presente en las manifestaciones de la calle en Lisboa. Por primera vez desde los años 1974-1975, como lo describe un colectivo que tomó parte en esta iniciativa, la izquierda ya no era «el ultimo horizonte político de la immensa mayoria de la gente que salía a la calle a protestar»v. Se ponía en tela de juicio su marco contestatario reformista.
Las organizaciones a la izquierda del PS, principalmente la Confedereción General de los Trabajadores Portuguesa (CGTP), sindicato mayoritario de obediencia comunista, entendieron enseguida que su hegemonía estaba amenazada. Empezaron a actuar sin perder el tiempo con el fin de aislar a «sus» bases del peligro de contagio y protegerlas de la «fiebre radical». En un primer momento, el servicio de orden de la CGTP llegó a rodear en la calle a estos centenares de manifestantes radicales, denunciándolos a la policía. Pero la evolución de la situación, el aumento del descontento popular contra las sucesivas medidas de austeridad, convirtieron en demasiado arriesgada la continuación de semejante vergüenza. El reducido cortejo anticapitalista no solo se reforzó durante las manifestaciones, sino que pronto las organizaciones de izquierdas tuvieron que rebajar sus planteamientos cuando sus militantes, de manera individual, se fueron incorporando a las manifestaciones convocadas por las redes sociales.
La radicalización del movimiento
La gran manifestación nacional del 12 de marzo de 2011, que reunió a centenares de miles de personas, fue la primera de las manifestaciones de este tipo. Más allá del discurso consensuado de la llamada a manifestarse centrado en el «derecho del ciudadano a la política», la reivindicación de la independencia política se convirtió en la referencia dominante. Para retomar los términos del texto citado más arriba: «Cosas que eran inimaginables hace algunos años han pasado a ser banales, ciertas ideas se han difundido socialmente, las posibilidades se han ampliado, las posturas se han radicalizado y todo se ha hecho más complicado»vi.
Vamos a asistir a una progresiva radicalización de sectores de la juventud y de los trabajadores que van a ir, a veces, más allá de las tácticas calculadas de las organizaciones, van a hacer una crítica de los cimientos del sistema y experimentarán nuevas formas de acción y de organización. Las huelgas serán más activas, con la constitución de piquetes de huelga principalmente en los transportes. En el decurso de manifestaciones o de huelgas generales convocadas por los sindicatos, surgirán de manera espontánea en la sociedad acciones colectivas de protesta. El rechazo a la clase política se expresará mediante acciones individuales y colectivas, haciendo problemática cualquier tipo de aparición pública de los miembros del gobierno. El rechazo a las fuerzas políticas es tal que los partidos no son bien recibidos en las manifestaciones y cualquier intervención de sus jefes es a menudo abucheada.
El 15 de septiembre de 2012, un llamamiento lanzado a través de Facebook con el eslogan «Que se lixe a troika!» (¡«Que se joda la troika»!) llevó un millón de personas a la calle (de una población de 10 millones). Desde el principio, este eslogan escondía una reagrupación de algunos militantes independientes con militantes del Bloco de Esquerda y del PCP. En Lisboa la participación de trabajadores, parados, jóvenes y viejos de los barrios populares cambia la naturaleza de las movilizaciones que pasan a ser más ofensivas. En varias ocasiones los manifestantes intentan atacar el Parlamento.
Un nuevo y significativo episodio acontece cuando en el transcurso de un meeting, el jefe de la CGTP es abucheado por los portuarios de Lisboa muy movilizados contra las medidas de austeridad y deciden luchar al lado de los jóvenes. A partir de ahora, el rechazo a gritar los esloganes de las  organizaciones políticas se expresara a menudo a través del silencio. Está claro, sin embargo, que la CGTP y el poderoso sindicato de los profesores (dirigido también por cuadros del PCP) mantienen la capacidad de sacar a la calle centenares de miles de personas, pero estas movilizaciones no son sino cortejos desprovistos de energía contestataria, sometidos a las directrices «responsables» de las burocracias.
La gran manifestación del 2 de marzo de 2013 representa un giro en esta serie de manifestaciones de carácter más independiente. «Que se lixe a troika!» abraza progresivamente una táctica frontista según la cual «su ultimo proyecto consistía en imponer una situación política propicia para la izquierda institucional y constituir los cimientos para la construcción de la union mítica de (casi) todas las izquierdas»vii. A esto se debe el rápido descrédito de esta red que poco antes se presentaba como «independiente», cuyas llamadas a través de las redes sociales encuentran cada vez menos eco.viii Así, en octubre de 2013, las viejas organizaciones de la izquierda, sobre todo el PCP y la CGTP, vinieron a renforzar las escasas filas de las manifestaciones organizadas por «Que se lixe a troika!».

Las viejas recetas de la izquierda
El estado actual de la conciencia social evoluciona en función de estas movilizaciones. Por un lado existe la conciencia de la novedad de la situación, que la crisis del sistema es real y duradera. La idea de que se trata de un momento transitorio está superada y es difícil mantener que se podrá volver a la situación «normal» del pasado… Esta visión más lúcida es al mismo tiempo una causa de parálisis. Porque, ¿qué hacer? Hay una clase política desacreditada y estamos ante el fin de la ilusión de la alternativa política. Por otro lado se siguen sin entusiasmo las propuestas sindicales –repetición de huelgas generales y manifestaciones «procesión»– a falta de alternativas, cuando se ha puesto suficientemente de manifiesto que no sirven, ni que sea un poco, para incidir en las políticas en curso. El hecho es que de las enormes manifestaciones independientes de los últimos años no han surgido nuevas prácticas ni nuevas formas de organización. Probablemente porque expresan la ambigüedad de este momento transitorio. Existe a la vez una conciencia de que las antiguas recetas de la política y del sindicalismo son inoperantes en la nueva situación y una parálisis del pensamiento y de la acción, una incapacidad de crear algo nuevo.
La izquierda portuguesa, desde el PS a la izquierda socialista del «Bloco», sostiene una interpretación esencialmente monetarista de la crisis a la que atribuyen causas financieras y especulativas, exteriores, con consecuencias que se manifiestan en la inmediatez de la vida social: desde el endeudamiento individual al aumento de las retenciones en los ingresos, de la función depredadora del sistema bancario a la corrupción de las elites. Pero estas causas no explican los fundamentos de los desequilibrios del sistema, el que pasa por la esfera de producción de la tasa de beneficio y el terreno de la explotación. Los remedios políticos propuestos divergen. El PS se mantiene fiel a la fe neoliberal mientras que la izquierda socialista se reivindica del intervencionismo neokeynesiano y de la regulación política de la esfera financiera. En ambos casos se piensa la economía en términos y perspectiva de salvación nacional. El Partido Comunista –como el Partido Comunista Griego– permanece cercano a una línea neostalinista. Mantiene vínculos directos con el sindicato mayoritario, la CGTP, cuya dirección le es fiel. El PCP propone un confuso proyecto de «socialismo patriótico» para salir de la crisis, basado en la negociación de la deuda y la salida del euro. Este discurso tiene una aceptación muy marginal en la sociedad, seduce a ciertos sectores nacionalistas y sirve de alivio a trabajadores desorientados por la impotencia. Provoca también un debate político en los medios radicales. Efectivamente, después de los años de integración europea, con un tejido productivo muy débil, el proyecto de la salida del euro representaría inevitablemente la quiebra del Estado, una gigantesca inflación, el hundimiento del nivel de vida ya de por sí bajo, la sustitución de la austeridad de la troika por la austeridad de un «gobierno patriótico de izquierdas» con implicaciones capitalistas de Estado. Dicho de otra manera, anuncia la necesidad de un gobierno autoritario, único capaz de asegurar un mínimo consenso social. En Portugal, el modelo nacionalista de salida del euro lo defienden el PCP y la CGTP y no la derecha extrema o fascista, políticamente inexistente. Mientras, la burguesía rica portuguesa y los pocos (pero poderosos) capitalistas locales de nivel internacional apuestan por la salida de capitales y las inversiones en las zonas más rentables de la periferia –Brasil y las ex colonias africanas, en particular Angola–, el PCP concentra los ataques de su propaganda en el sector financiero y los perjuicios de la «dirección alemana» de Europa.

Tentativas de auto-organización
Frente a la austeridad y a la troika, por el momento, la única alternativa reivindicada como tal es la del regreso a un nacionalismo económico. Por el momento carece de cualquier viabilidad y no es más que pura propaganda demagógica.
Si nos situamos en el nivel de la vida concreto de la sociedad, podemos señalar un tímido renacimiento de la actividad de auto-organización, de asociación. Esta actividad tiene antiguas raíces en la historia portuguesa y ha sido uno de los pilares de las organizaciones anarquistas y sindicalistas revolucionarias de principios del siglo pasado, para ser recuperada enseguida por el Partido Comunista. Combatido por el fascismo, el espíritu asociativo, se vio finalmente barrido por el individualismo y el egoísmo de la euforia mercantilista democrática. En la actualidad se trata ante todo de construir colectividades capaces de recrear una sociabilidad y de enfrentarse a los problemas prácticos de supervivencia, los alimenticios en primer lugar, lo que no ofrece ninguna perspectiva sobre un proyecto de reforma global de la sociedad. Pero en una sociedad carente de energía para la lucha y sometida a las categorías fetichistas y deterministas de la «crisis», la afirmación de iniciativas autónomas e independientes del Estado, es esencial. No hace falta precisar que las organizaciones políticas y sindicales no juegan ningún papel en estas iniciativas colectivas que surgen fundamentalmente de las bases de la sociedad, en algunos casos apoyadas por el poder municipal.
A lo largo de los últimos años ha habido (en Porto, Lisboa, Setúbal) algunos casos aislados de ocupación de espacios y de casas con el objetivo de crear espacios colectivos, centros sociales. La experiencia más importante y rica en repercusiones fue la ocupación por parte de jóvenes activistas de la escuela abandonada de Fontinhas, en un barrio pobre de Porto el año 2011. Un año más tarde, el desalojo del local por la policía encontró una fuerte resistencia demostrando que la ocupación había echado raíces en la vida del barrio. Por el contrario, hay que señalar la ausencia de un movimiento de ocupación de viviendas vacías –en el país hay más de 750.000 viviendas vacías y el número de los sin techo no hace más que aumentar–, así como el de oposición a los desahucios por deudas. Tampoco, a día de hoy, se tiene constancia de tentativas de expropiación colectiva de bienes alimenticios en las grandes superficies, como las organizadas en España, cuando el hambre está volviendo a las zonas urbanas y rurales y los organismos dedicados a la caridad alimenticia afirman estar desbordados por la demanda.
La impotencia de las sucesivas huelgas generales provoca la necesidad de pasar a otras formas de acción. Durante la huelga general de junio de 2013 unos piquetes de huelguistas y algunos jóvenes intentaron cerrar los comercios de lujo del centro de Lisboa y, también en Lisboa, un grupo importante de manifestantes abandonó el cortejo sindical para intentar bloquear una autopista a la salida de la ciudad. La intervención de la policía fue desmesurada, arrestaron a más de 200 personas a las que se sometió a una grosera manipulación policial y mediática con ingredientes «anti-terroristas», que se deshinchó como nada al llegar a los juzgados. La dirección de la CGTP se apresuró por negar la solidaridad a los manifestantes para preservar su imagen respetuosa del orden. Lo que no impidió que, unos meses después, durante una manifestación en octobre de 2013, la misma CGTP propusiera el bloqueo del gran puente de Lisboa –proposición rapidamente abandonada frente al rechazo firme de las autoridades. Finalmente, también durante la huelga de junio de 2013, en Porto se organizaron acciones de solidaridad para apoyar a los pocos trabajadores de las grandes superficies sancionados por haber participado en la huelga. En este caso también la burocracia sindical mostró su verdadero rostro oponiéndose a los actos de solidaridad que, según ellas, «no ayudan a solucionar los problemas de los trabajadores»ix.
En medio de un océano de pasividad, resignación y cansancio, estas pequeñas señales parecen mostrar un cambio de actitud en los sectores minoritarios de los trabajadores y la juventud. Así, a finales de noviembre de 2013, una manifestación espontánea de un millar de jóvenes profesores precarios continuó bloqueando el centro de Porto. Y un mes después, se hizo otra huelga contra la evaluación del ministerio de Educación, ocupando las salas de exámenes, leyendo en voz alta las respuestas o quemando las convocatorias… Una gran parte de los trabajadores que debían dirigir la prueba –los dispensados de evaluación que tienen más de cinco años de experiencia–, la  boicotearon como muestra de solidaridad. Casi la mitad de los inscritos no presentaron la prueba; no se realizó en cuarenta escuelas.
Con las medidas de austeridad que continúan de manera implacable, no se descarta que la clase dirigente esté obligada a enfrentarse a luchas más agresivas y menos consensuadas.

Lo imprevisible, nuestro territorio fértil
Una alternativa global solo podrá hacerse realidad a partir de una amplia movilización social construida fuera de las viejas instituciones políticas y sindicales. Estas funcionan condicionadas por su naturaleza, según la lógica del sistema capitalista y en el marco de reproducción del mundo tal como ha sido, tal como funciona. Después de años de « construcción europea », estas organizaciones se reducen a proponer una vuelta al pasado para « arreglar » los problemas globales de hoy. No hace falta recordar, dejando de lado algunas declaraciones de intención, que no se hace nada para relacionar las luchas que se desarrollan de una parte y otra de las fronteras. A este respecto, la situación portuguesa es reveladora. Los movimientos que se desarrollan en España contra la destrucción de los servicios públicos, contra las expulsiones, a favor de las acciones de ocupación y expropiación, en Portugal son ampliamente ignorados, silenciados, mientras que la solidaridad podría dar un impulso a la oposición de las políticas del capitalismo europeo. El regreso de los discursos « nacionalistas » es la fianza de la derrota, la confirmación de lo que ya sabemos, que las viejas organizaciones solo defienden a los asalariados en los períodos en los que la explotación puede reproducirse de manera rentable para los capitalistas. Con más razón no podemos esperar de ellas que mantengan una lucha por la transformación de la base del sistema que está en el origen del desastre que tenemos delante nuestro y en cuyo funcionamiento han participado de manera « responsable ». Se trata de unas evidencias generales que salen a la luz también en Portugal, pequeño y frágil país de la periferia del capitalismo europeo.
La continuidad de la recesión económica incrementa las desigualdades, gangrena la vida cotidiana y descompone el tejido social. Este país, hoy en día codiciado por el turista en busca de tranquilidad, y por los jovenes (y menos jovenes) europeos en busca de una vida apacible bajo el sol del Sur, es un país que se muerex. Con un índice de fecundidad alrededor del 1,28 y una población en decrecimiento desde hace años, Portugal es actualmente el octavo país del mundo en términos de envejecimiento, con una quinta parte de la población con más de 65 años. Una cuarta parte de estos «ancianos» vive en situación de pobreza, forzados a elegir entre una comida al día o curarsexi… Pobreza que se extiende a los proletarios de todas las edades. Apenas el 40 % de los parados tienen escasos subsidios y los que pueden andar toman el camino de la emigración o aceptan los contratos de «trabajadores desplazados» en Europaxii. Al mismo tiempo, las exclusiones de los beneficiarios de los mínimos sociales y el recorte de las prestaciones familiares agravan la miseria de la familias pobres y de sus jóvenes.
A pesar de la resignación, la inacción y la impotencia, está claro que la tensión social no decae y la fisura en el consenso social permite que aparezca el contenido de clase de la sociedad. Gobernar el empobrecimiento de los pobres, mientras que los ricos son cada vez más ricos, se revela como  una tarea dura que preocupa a los servidores de la burguesía. Muestra suplementaria de la crisis del aparato del Estado, la insatisfacción se extiende a las instituciones que constituyen las murallas protectoras del sistema. Por ejemplo, la manifestación de decenas de millares de policías, en noviembre de 2013, que desembocó en la invasión del perímetro de seguridad del Parlamento.xiii Si no pueden contar con sus propios mercenarios…
En estas circunstancias, el despertar de franjas de la juventud y de minorías de asalariados decididas a oponerse a la destrucción concreta de sus condiciones de vida representa un signo emancipador. Preserva el hilo conductor de la revuelta contra el sistema inicuo y su violencia. Retomando la reflexión del texto Sobre a passagem de alguns milhares de pessoas por um breve período de tempo, esta esperanza es también « una llamada a recorrer juntos el camino escarpado y plagado de encrucijadas que se abre delante nuestro con las decisiones y riesgos que comporta. Estamos frente a lo desconocido y lo imprevisible. Vivimos unos tiempos interesantes…»xiv. Estaríamos tentados de añadir que si lo desconocido es un futuro que compartimos con nuestros enemigos, defensores del sistema capitalista, lo imprevisible es, al contrario, nuestro terreno fértil, el del proyecto emancipador.

Diciembre 2013
Charles Reeve