El estado actual de las cosas: recontando las derrotas

Desde Atenas – Por TPTG

Las formas adoptadas tanto por la crisis de las relaciones sociales capitalistas durante los últimos años en Grecia como por la gestión que de la misma han realizado los representantes políticos del capital reflejan las contradicciones acumuladas durante los últimos veinte años en todos los niveles de la formación social griega y las contradicciones del proceso de la «integración europea».
Dentro de la esfera ideológica de las entidades económicas, la crisis capitalista se ha presentado como una «crisis de competitividad» y como una «crisis de deuda soberana».
Como una «crisis de competitividad» ya que la explotación del proletariado era insuficiente en relación al avance de la productividad laboral, a la adopción de la costosa divisa europea y a la capacidad de los capitalistas de Grecia de obtener amplios márgenes de beneficio mediante un alto mantenimiento de los precios debido a la gran demanda existente que, en contraprestación, era posible gracias al flujo del crédito barato tras la adopción del euro.
Como una «crisis de la deuda soberana» porque los intentos para recortar los salarios indirectos no fueron suficientemente exitosos (véase el fiasco de la llamada «ley Giannitsis»1 del 2001 así como de muchos otros intentos legislativos de reestructurar los programas sociales) puesto que el gasto social continuó incrementándose entre el 2000 y el 2008, mientras que, paralelamente, disminuía progresivamente la carga fiscal sobre los beneficios del capital. Es por ello que durante algún tiempo se pudo incrementar el gasto público gracias también a la capacidad de obtención de créditos baratos relacionados con la adopción del euro.
El inicio en el 2008 de la recesión global desembocó a los pocos meses en un estallido de todas estas contradicciones. La economía griega se vio empujada a una profunda recesión, los beneficios se hundieron mientras que el déficit de la balanza de pagos, el déficit público y la deuda nacional se dispararon. Las manipulaciones, que exacerbaron la crisis, tanto del gobierno de Papandreu como del Banco Central Europeo (BCE) fueron deliberadas: los representantes políticos del capital, tanto griegos como europeos, vieron la crisis como una oportunidad de implementar una dura política de «devaluación interna» 2 orientada a la descomposición del poder de los trabajadores en Grecia y a la devaluación o a la destrucción del capital improductivo.

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La política de devaluación interna implementada gracias a los mecanismos proporcionados por el infame «Memorándum»3 puede ser descrita como una política de devaluación del capital. Sus elementos principales son: vasta reducción del salario directo e indirecto lo que ha conducido a una reducción del valor de la fuerza de trabajo. Un enorme incremento del ejército de reserva de parados y de todo tipo de desempleo lo hacen disminuir todavía más los salarios y contribuyen a disciplinar y intensificar el trabajo de los que aún conservan su empleo, la construcción de un nuevo proceso de acumulación primitiva mediante la privatización y proletarización de una parte significativa de la pequeña burguesía, el incremento de la carga fiscal sobre la clase trabajadora y el establecimiento de mecanismos permanentes de austeridad. Las medidas económicas se combinan con un duro estado de emergencia en el cual las luchas de clase y sociales son reprimidas y criminalizadas mientras que por otro lado el capital disfruta de la libertad de violar la legalidad civil –incluso la constitucional–, con el objetivo de explotar de la manera más eficiente y apropiada a la clase obrera y la naturaleza. El resultado de estas políticas ha sido la continuación y profundización de la recesión, la destrucción de cientos de miles de pequeños negocios y, por último, la concentración de capitales.
Pese al hecho de que la política de la denominada devaluación interna ha desembocado en una prolongada recesión y bajo la perspectiva de una muy lenta recuperación y con un altísimo porcentaje de desempleo, la facción dominante del capital griego y europeo está decidida a forzar la máquina hasta el final ya que la apuesta del capital es la reconstrucción del circuito de acumulación de capital sobre una nueva base, abandonando el anterior régimen clientelismo-corporativismo de integración de la clase obrera y deconstruyendo el limitado Estado de bienestar existente junto con la destrucción del poder de negociación de la clase trabajadora. El único factor que podría derribar esta política sería un movimiento proletario realmente peligroso que intentase abolir las relaciones sociales capitalistas. De momento no han aparecido signos de dicho movimiento.
Ciertamente, la política de devaluación interna se enfrentó a una resistencia significativa durante los dos primeros años de su implementación: huelgas contra los despidos tanto en el sector privado como en el público, el movimiento de ocupación de las plazas, asambleas vecinales, movimiento de base contra el pago de impuestos, las manifestaciones masivas durante las numerosas huelgas generales y una serie de huelgas diferenciadas de trabajadores y de estudiantes. A día de hoy, tenemos que admitir que las luchas de este pasado periodo han fallado en su intento de anular las políticas adoptadas pese a que sí que han conseguido retrasar la implementación de algunas de las medidas. Para aquellos de nosotros que estamos interesados en abolir y superar este miserable mundo basado en el capital es extremadamente crucial identificar las causas de estos fallos.
La razón principal de que las huelgas no tuviesen efecto tiene que ver con el hecho de que ya fuesen las huelgas generales convocadas por la GSEE 4 y la ADEDY 5 o de huelgas aisladas dentro de un sector o de una empresa, éstas se mantuvieron siempre bajo el control de los sindicatos. Por un lado, los paros generales de 24 h y de 48 h funcionaron básicamente como mecanismos de desahogo y, en la mayor parte de los casos, tuvieron una participación limitada, pese al hecho de que sí que se trataron de manifestaciones con una asistencia sin precedentes y en las que las prácticas insurrecionales agruparon a grandes sectores de los manifestantes. Por otra parte, las huelgas sectoriales o de empresas fueron en la mayor parte de los casos huelgas aisladas. No se dieron formas de organización autónomas de los trabajadores que pudieran superar la lógica de la representatividad, la obsesión con la legalidad burguesa y la separación sectorial/corporatista que reproducen los sindicatos.
El movimiento de ocupación de plazas, cuyo icono principal fue la ocupación de la plaza Syntagma, que se mantuvo durante dos meses, parecía ofrecer una perspectiva de superación de la lógica sectorial, una perspectiva que pone en duda el papel de los partidos de izquierda como formas alienantes de la representación de la clase trabajadora y que pone en duda al sistema político en su totalidad. De todas maneras, se mantuvo dentro de la esfera de la protesta política y la demanda de «democracia real/directa», pese a su papel en la convocatoria de huelgas contra el Programa a Medio Término 6 y en la organización de los enfrentamientos con las fuerzas de la clase capitalista en junio del 2011. La maquinaria de SYRIZA y otras organizaciones de la izquierda tomaron parte de incógnito dentro de los grupos organizativos clave y de esta manera lograron en gran medida dominar el contenido y las formas de las movilizaciones mediante la promoción de una ideología nacionalista de izquierdas bajo los lemas de «independencia nacional», «reconstrucción de los sectores productivos de la economía griega», «cancelación de la deuda odiosa», etc. Después de todo y sobretodo por estas razones, se toleró a los nacionalistas de extrema derecha quienes pudieron publicitarse sin problema alguno en la parte superior de la plaza entre la gente que se reunía allí, trabajadores en lucha y pequeñoburgueses con aroma a derecha. Aún más, esta maquinaria hizo todo lo posible por limitar la lucha a un nivel meramente simbólico, socavando cualquier sugerencia práctica que se hiciese en pro de la extensión de la lucha, mientras que denunciaba «provocadorología» 7 de parte de aquellos que se enfrentaban a las fuerzas policiales en las manifestaciones.
El dominio del discurso nacionalista dentro del movimiento de ocupación de las plazas está directamente relacionado con la capitalización electoral de las luchas llevadas a cabo contra la política del capital recogida en el Memorándum, tanto si hablamos del crecimiento de SYRIZA que se transformó en la oposición, como del nacimiento de la formación Griegos Independientes o al auge de Amanecer Dorado. Un amplio sector de la clase trabajadora y de la pequeña burguesía ha depositado sus esperanzas de la retirada de las políticas de devaluación en la elección de un Gobierno de SYRIZA. A la vez, el sector de derechas de la gente que salió a protestar durante el periodo anterior lanzando proclamas nacionalistas de derecha como «patriotismo real contra los políticos traidores», etc., y quienes en un inicio carecían de representación política efectiva, han sido integrados paulatinamente en Griegos Independientes o en Amanecer Dorado. Amanecer Dorado ha recibido una intensa cobertura por parte de los medios de masas, grupos capitalistas específicos (como los propietarios navieros), parte del clero y del aparato estatal. Así, la deslegitimización del sistema político que dominaba ha sido sustituida por la formación de nuevos partidos políticos conduciendo así su relegitimización.
La responsabilidad de una parte significativa del frente antiautoritario es importante para determinar hasta cierto punto, el rumbo que el movimiento de ocupación de las plazas tomó desde que se abstuvo de ciertos trámites o se mostró abiertamente hostil a ellos, apoyándose en los argumentos de que se trataba de un movimiento de la pequeña burguesía, de que era apolítico o de que toleraba a los fascistas.
Debido al reciente fiasco de la huelga del sindicato de profesores (OLME) y a la amarga experiencia de la ocupación autoorganizada de la radio-televisión nacional (ERT) por los ex-empleados en contra de la restructuración decidida por el gobierno y el despido de todos los trabajadores –ocupación que no logró transformarse en centro mediático del movimiento contra las medidas de austeridad, aunque muchos solidarios lo habían pedido–, es necesario hacer unas últimas consideraciones acerca de los sindicatos. Hay una visión extendida de que en las condiciones actuales, el Estado ya no necesita a los sindicatos puesto que está atacando el poder de negociación de la clase trabajadora y destruyendo los convenios colectivos. Sin embargo, el ejemplo de la huelga convocada por los profesores, aunque no llegó a efectuarse, prueba justo lo contrario: los sindicatos son una institución de cogestión y reproducción de la clase trabajadora dentro del modelo capitalista de producción y en este sentido se adaptan a las circunstancias cambiantes de la acumulación capitalista. Si durante los periodos de desarrollo capitalista aparecen como los «factores» que llevan a la clase trabajadora a obtener «beneficios», en tiempos de crisis se presentan como los garantes de que haya «menos pérdidas». En el momento en el que nos encontramos actualmente, los sindicatos son necesarios para el Estado ya que desempeñan un papel de mediadores, controlan la rabia y el resentimiento de los trabajadores, y en último estadio los socavan.

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Es cierto que, mientras que trabajemos en lugares donde estén funcionando los sindicatos, no podemos más que acudir a las asambleas generales para poder tomar decisiones militantes y organizar las movilizaciones. Pero si realmente queremos lograr algo frente a los dictados del capital, es necesario superarlos y establecer formas autónomas de organización dentro y contra los sindicatos, formas que promuevan el desarrollo de lazos de solidaridad reales y de camaradería, que rompan con la lógica de la representatividad y que superen las divisiones corporativistas. Lo queramos o no, la destrucción de las políticas de devaluación interna sólo será posible mediante una lucha global contra el capital y su Estado.

TPTG

Julio 2013

1- Giannitsis fue el ministro de Trabajo y Seguridad social heleno desde abril 2000 a octubre 2001. El proyecto de ley recogía una reforma del sistema de pensiones, una mayor flexibilidad en los contratos, acabar con las horas extras, reducir los gastos de la seguridad social de los empresarios, reducir drásticamente las condiciones necesarias para los expedientes de regulación de empleo…

2- Es un eufemismo que quiere decir que se realizará una bajada salarial generalizada, lo que requiere de una debilitación de la negociación colectiva y la consecuente pérdida de derechos laborales, aumento de la carga fiscal sobre las rentas derivadas del trabajo y rebaja de las tasas sobre los beneficios del capital.

3- Memorándum es el acuerdo entre la UE, Grecia y el FMI en el que se concretan las condiciones y los recortes que debe llevar a cabo Grecia para recibir rescate.

4- Confederación General de Trabajadores Griegos, el principal sindicato de trabajadores del sector privado.

5- Confederación de los Sindicatos de Empleados Públicos.

6- El Programa a Medio Plazo contemplaba la privatización de empresas estatales, recortes adicionales en el sector público, incluyendo una reducción de la plantilla de funcionarios en unas 30.000 personas y el alquiler o la venta de parte de la propiedad inmobiliaria del Estado.

7- Los autores se refieren al clásico mito izquierdista de que los disturbios siempre son provocados por infiltrados policiales o que los disturbios siempre le hacen el juego a la policía.