¿Crisis, qué crisis?

Desde Lille – Por La gouape

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  Crisis: esta palabra que suena breve se nos asesta desde hace décadas. Cada cierto tiempo, se nos informa, se nos recuerda y se nos anticipa qué es la crisis. Nuestra relación con el tiempo ha cambiado. Mientras que una crisis económica se caracterizaba tradicionalmente por su brutalidad y brevedad, he aquí que la crisis de los setentas aún pervive desde hace cuarenta años.

Si la palabra crisis, que designa la perturbación de un orden, un equilibrio (fisiológico, sicológico, económico, político, etc.) resulta inquietante, puesto que según su significado latino afecta a lo vital, ha terminado, sin embargo, en el campo de lo social, por no significar nada preciso, por no querer decir nada tangible. Se ha convertido en una especie de taparrabos detrás del cual se esconde la vergonzosa realidad. Su deshonra revela en el mejor de los casos, el carácter ilusorio y engañoso de un orden de cosas que creíamos inmutable, con la bendición de los sacerdotes de la democracia y de la economía de mercado.
Cualquier persona, con menos de cuarenta años actualmente, ha nacido con esta palabra. Se le pega a los tobillos, del biberón hasta la escuela, y del curro hasta el paro. Para este homo œconomicus  desencantado, crisis es esa palabra vaga y difusa que impregna todos los aspectos de su existencia. Pero su connotación negativa se ha perdido en el abuso del lenguaje, o incluso en un lenguaje desengañado.
Hay que admitir, por tanto, que desde 2008 se ha superado un umbral que ha permitido a este conocido término recuperar sus fuerzas. Ha ganada en presencia, en profundidad. No será un griego quien diría lo contrario. Resumiendo: huele mal. Se acabó la tontería. La sonrisa de los políticos se ha vuelto más crispada. Los expertos hacen miradas huidizas y la televisión nos repite incansable que habrá que hacer un esfuerzo y apretarse el cinturón.
Hoy en día, el entusiasmo de los gestores de este mundo se encuentra a media asta. Admiten precavidamente que la máquina se acelera y que el sistema financiero se va a pique pero ahora la culpa será de las finanzas, de las agencias de calificación o incluso de los PIIGS (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia, España) que no saben gestionar sus economías. Más que buscar las causas de las crisis en los cimientos del sistema, siempre las encuentran en el exterior del mismo, o, en el mejor de los casos, estiman que se trata de disfunciones y desequilibrios.
Pero entonces ¿qué ocurre? La economía se revela imprevisible, y cuanto más desfilan los especialistas por los platós de televisión menos entendemos nosotros. Su incapacidad para esconder durante más tiempo que van dando palos de ciego por los pantanos financieros nos recuerda poderosamente que nuestro propio mundo nos parece extraño y las causas reales de la crisis, tenebrosas. Se sucedan las cosas pero nunca se abordan las causas.
Por tanto es inútil dirigirse a esta jauría de expertos. Al contrario, se impone una crítica radical de la economía que se desprenda de las particularidades de esta crisis, y así a través de ella, vislumbrar el funcionamiento global del mundo capitalista.
Si en cuanto a los resultados de esta crisis sigue reinando la incertidumbre, es posible afirmar sin jugar a ser adivino que las políticas de rigor y de austeridad  están sólo en su inicio. Los políticos, portavoces de la economía, no se esconden para anunciar que mañana será peor. Por lo menos esto está claro: no nos dirigimos hacia la tierra de la abundancia.
Mientras que las condiciones siguen empeorando, lo que provoca que tengamos que currar más, o, si no hay trabajo, que tengamos que buscarnos la vida, debemos examinar lo que parece ser el orden natural de las cosas: ir a currar sin tener el poder de decidir aquello que vamos a hacer, cómo hacerlo y sobre todo, por qué hacerlo. Es decir, analizar las relaciones sociales en un mundo de mercancías.
En ese mundo, la vida está condicionada por el trabajo. Hay que producir por producir. Sin fin.

Capital financiero y capital productivo son las dos caras de la misma moneda
Como todos sabemos, el capitalismo no brilla por su altruismo, y si los capitalistas, que poseen los medios de producción, producen mercancías, lo hacen no porque sean útiles, sino para lucrarse. Invierten su dinero para producirlas y venderlas obteniendo un beneficio. El capital existe primero como dinero, después como mercancía, y después otra vez como dinero, y así sucesivamente. Podríamos decir que son las dos caras de la misma moneda. La existencia de capital financiero está, por tanto, ligada a la del capital industrial o productivo.
Es habitual entre los nacionalistas de izquierdas oponer las finanzas al capital industrial, como si hubiera un «buen capitalismo», industrial y productivo, y un «mal capitalismo», financiero y especulativo. Pero un simple vistazo al funcionamiento del capitalismo demuestra que los dos se encuentran indisolublemente ligados. Es verdad que existen  «burbujas» especulativas, es decir, que el valor financiero de una empresa no tiene ya relación directa con el valor de producción, pero se trata de un efecto secundario, un daño colateral de la existencia misma del capital y no una perversión del mismo.
Para crear o desarrollar una empresa es necesario dinero, capital: este es el papel de las acciones, que representan partes de este capital. Cada acción representa también el derecho sobre una parte de los beneficios, puesto que ese capital ha sido invertido en espera de un beneficio. Esas acciones pueden venderse, cediendo así el derecho sobre los beneficios: los capitalistas mueven su capital en función de la confianza que tengan en los beneficios venideros. Si creen que los beneficios serán elevados, conservarán sus acciones, si creen que irán a la baja, intentarán venderlas. Este sistema de mercado, tan antiguo como el capital mismo, determina el curso de las acciones, quien sólo tiene una relación indirecta con su valor inicial como capital. El sistema es, por tanto, indisociable del capitalismo, que no puede funcionar sin acciones y demás productos financieros indispensables para su expansión. Para los capitalistas es vital invertir contínuamente en nuevos medios de producción para renovar sus mercancías. Aunque el riesgo de crisis, de especulación, de subidas y bajadas repentinas de cotización de las acciones es inherente al sistema. Los múltiples dispositivos anticrisis establecidos en el sistema bursátil intentan enmarcar este riesgo, pero no pueden eliminarlo del todo sin paralizar el sistema en su conjunto. Es una economía dinámica y por tanto inestable, sometida a un crecimiento infinito. Así, el «mundo financiero» y el «mundo industrial» forman un todo inseparable.
Sin embargo el descontento contra el «mal» capitalismo financiero no resulta de una incomprensión del sistema, sino de la perspectiva adoptada: y ante todo se trata de ocultar que el capitalismo es un sistema basado en la explotación del trabajo asalariado.
Toda mercancía contiene una cantidad de trabajo, es decir, cristaliza un pedazo de vida dedicada al trabajo. Y es ese trabajo, justamente lo que las clases superiores se apropian, ya sea mediante servidumbre, mediante esclavitud, o comprándolo bajo su forma mercantil en el capitalismo. En efecto, en el capitalismo el tiempo de trabajo se ha convertido en una mercancía, y no una cualquiera, sino la reina de las mercancías, la que permite crear valor, obtener beneficios. Así, la fuerza de trabajo es una mercancía que el trabajador supuestamente libre vende a un precio inferior al del beneficio que obtiene de ella el capitalista. Es la ley fundamental del modo de producción capitalista. La mercancía-trabajo es el verdadero motor del «buen capitalismo» productivo, lo que le convierte en la más potente organización de extorsión de los asalariados.
Las quejas contra el «mal capitalismo» especulativo reflejan también la misma cantinela social-demócrata que acude al Estado, especialmente cuando el capitalismo se encuentra ante fuertes turbulencias. Pero pensar que el Estado y el capitalismo son dos cosas separadas, es no querer ver lo evidente. El discurso que consiste en vendernos el Estado como el órgano que nos protegería del capitalismo es un discurso falaz. El Estado contemporáneo está intrínsecamente ligado a la economía capitalista, las finanzas del Estado se obtienen de la economía en el marco de la explotación salarial. En contrapartida, el Estado debe garantizar, en la mayor medida que le sea posible, la buena marcha del sistema: entregando al Capital una fuerza de trabajo formada según las necesidades de este, garantizar la propiedad (en particular la de los medios de producción) e imponer una «cohesión social», o más bien un control social que permita a la economía un óptimo funcionamiento. El Estado también es la pieza maestra del sistema que garantiza el valor de la moneda incluso cuando ésta ha sido emitida por un banco central privado.
El Estado, indispensable pues para el capital, no tiene otra opción que someterse a las necesidades de éste, que son las mismas que las suyas propias. Y allí donde la izquierda parlamentaria, con sus «promesas de cambio», ha ganado el poder mediante el juego electoral, no ha tenido más remedio que someterse a las necesidades de la economía. De la misma manera, ya sea en Estados Unidos o Europa, cada voto de presupuesto o de referéndum que se oponga a los imperativos económicos es esquivado.

Hay crisis y crisis
Cuando se habla de crisis hace falta precisar de qué estamos hablando. Despidos masivos, precariedad generalizada, congelación del salario, cierre de aulas o supresión de camas de hospital, constituyen una crisis social que afecta a la vida cotidiana de trabajadores y parados; pero esto no supone una crisis para los capitalistas. El hecho de que las empresas despidan a trabajadores mientras siguen teniendo beneficios es algo que siempre ha escandalizado y provocado incomprensión entre los propios trabajadores. Pero la competencia impone precisamente que las empresas despidan para aumentar sus beneficios: lo consiguen cuando, gastando menos en salarios, conservan el mismo nivel de producción, o lo aumentan. Un patrón puede despedir trabajadores porque nuevas máquinas permiten aumentar la productividad con menos personal, o porque es menos costoso producir en otro país, allí donde las condiciones de explotación  son más favorables. Lo que le importa entonces al patrón no es saber si la fábrica sigue siendo rentable, como le recuerdan a menudo los obreros despedidos, sino saber dónde será más rentable el capital. Así los planes sociales pueden ir seguidos de una subida de la cotización de las acciones: los accionistas saben que es una buena señal para beneficios futuros. Lo que para la vida de un trabajador que pierde su empleo puede significar una catástrofe, una crisis social para la clase obrera, no lo es para los patrones, para los que significa más bien una restructuración que permite aumentar los beneficios.
A gran escala, los despidos masivos y la fragmentación de las empresas europeas en pequeñas unidades, en cadenas de subcontratas, han sido, desde hace más de treinta años, las respuestas dadas a las luchas sociales de la clase obrera. En efecto, a partir de mediados de los años sesenta, la burguesía no ha dudado en deshacerse de sectores enteros (minas, siderurgia, textil…) y en cerrar la mayoría de colonias obreras con el objetivo de limitar el impacto de las huelgas y reducir el coste de explotación. Además, el paro masivo ejercerá a partir de ese momento una presión constante sobre las luchas, frente al chantaje patronal de cerrar las fábricas. El objetivo es quebrantar la solidaridad, acabar con las conquistas sociales y presionar a los asalariados.
El Estado se hace cargo de una amplia parte del «salario indirecto». El salario, en el capitalismo avanzado, no se reduce a la suma que aparece en la parte inferior de la nómina. Incluye también, para los empresarios, el conjunto de gastos impuestos por la legislación como son las normas de higiene, la seguridad laboral, etc. y sobre todo el conjunto de cargas «salariales» y «patronales». Para los asalariados una parte de estos impuestos son pues, en la práctica, asimilables a un salario indirecto. Por lo que cuando en plena crisis de la deuda pública el Estado reduce sus gastos, es precisamente el salario indirecto que se ve atacado. Lo que significa que nosotros valemos menos para el mercado laboral.
La palabra crisis representa un suceso puntual, un desequilibrio. Si dura cuarenta años, ya no se trata de una crisis, sino del funcionamiento «normal» del capitalismo. Más bien los «Treinta Gloriosos», ese excepcional periodo de crecimiento económico acaecido después de la Segunda Guerra Mundial, han constituido para los «países desarrollados» la excepción y no la regla. El fenómeno de crisis cíclicas es conocido en la historia del capitalismo desde hace más de dos siglos, con sus periodos de duración variable, que encadenan fases de crecimiento, estancamiento, cierres masivos de empresas y sectores enteros, y de nuevo crecimiento. En la medida en que los periodos de quiebra de empresas favorecen la concentración económica, es decir, la constitución de trusts de inversión cada vez más poderosos, podemos decir que la crisis forma parte de la dinámica misma del sistema. Las «megafusiones» de emplutte-des-classesresas a escala mundial forma parte de ese fenómeno. Es lo que explica que, a pesar de una crisis social, el beneficio de las grandes empresas, las del CAC 40, o de Nasdaq sean enormes. No podemos plantear el capitalismo como un sistema estable en el que la crisis sería una deriva. Dicho de otro modo, la crisis es parte integrante del capitalismo, y constituye uno de sus rasgos característicos, no una excepción. Pero nada es eterno, y el capitalismo no escapará a este aforismo. Su propia inestabilidad puede provocar las condiciones para su superación.

Un capital ficticio…y sin embargo tan real
El principal problema del sistema es hacer circular sus mercancías, necesita, por tanto, consumidores que alcancen cierto poder adquisitivo. Parecía que la clase obrera había abierto la vía a una solución mediante la lucha salarial. Los salarios relativamente elevados garantizaban el acceso al consumo de masas dentro de unos límites rápidamente alcanzables. Más allá de esos límites sólo queda el crédito. Se trata de anticiparle el salario de varios meses o varios años al trabajador para que pueda consumir, comprarse su coche, su casa, una multitud de bienes. Dicho de otro modo, gasta anticipadamente el producto de su trabajo futuro, lo que le encadena un poco más a su salario. En concreto, ¿cuántas veces hemos escuchado en las luchas «no puedo hacer huelga, hay que pagar los créditos»?
Aparentemente la crisis actual se desarrolla dentro de la esfera del capital ficticio, a través de los instrumentos de crédito –letras de cambio, bonos, acciones, etc.– que dan derecho a ingresos futuros pero que se consideran ya como capital. Es esto lo que vuelve esta crisis difícilmente comprensible.
No por ello sus repercusiones son las de una crisis de superproducción clásica. No se trata de una superproducción vinculada a las necesidades humanas, sino a los consumidores solventes con poder adquisitivo. Dicho de otro modo, es un exceso de inversión en una rama de la producción. Pongamos un ejemplo, un capitalista invierte dinero en la construcción de una casa, destinada a ser vendida, simple operación lucrativa, por no decir venal. Pero si no logra vender la casa, o al menos no al precio que esperaba por falta de compradores solventes, entonces puede ser que tenga pérdidas en lugar de beneficios, o peor aún, que tenga que quedarse con la casa y con la amenaza de bancarrota. A gran escala, ya no tenemos un capitalista que construye una casa, sino capitalistas que construyen urbanizaciones y viviendas por millares e invierten grandes sumas de capital siempre con la esperanza de obtener beneficios.
Gracias al crédito los bancos pueden prestar dinero a los compradores para que puedan instalarse en sus casas nuevas. Para los constructores la cuestión está resuelta: en caso de que los compradores no puedan pagar las letras, el problema pertenece ya a la banca y no a ellos. Ya que los compradores devuelven el dinero regularmente y a plazos, más del que han tomado prestado, el reconocimiento de deuda se convierte en un papel que da beneficios a quien lo posee. Pero también conlleva el riesgo de no ser reembolsado, si el prestatario se revela insolvente. Para la banca existe entonces una solución: revender ese papel que contiene a la vez dinero potencial y riesgo potencial en el mercado. Para quien compra ese papel, no existe ya relación directa con una casa, o un conjunto de casas, si no sólo dinero desconectado de la mercancía-casa. Puede comprarse, venderse y especular con él. Nos encontramos entonces dentro de la esfera del dinero que engendraría dinero.

Ahora bien, ¿qué pasaría si los beneficiarios de esos préstamos se declararan masivamente incapaces de pagar sus deudas? Los reconocimientos de deuda ya no valdrían nada, y sus propietarios intentarían deshacerse de ellos. He aquí «propietarios» expulsados en masa, bancos que se encuentran con casas invendibles y de financieros con maletines llenos de títulos sin valor. Esta situación genera una desconfianza generalizada en los créditos, ya que los bancos no quieren perder más de lo que ya han perdido, y la economía que se basa en el crédito marcha al ralentí, lo cual provoca despidos masivos en el sector de la construcción y que luego se extiende a otros sectores por efecto dominó. La crisis, en lugar de manifestarse en forma de crisis de superproducción, se traslada al capital ficticio. Pero éste no tiene nada de virtual. Es lo que, de manera simplificada, sucedió durante la famosa crisis de las hipotecas de alto riesgo en Estados Unidos en 2008 y que desestabilizó la economía mundial. Este ejemplo demuestra cómo funciona el «capital ficticio» (ficticio porque puede ser relativamente desconectado de la producción), su imbricación con la «economía real» (la de la producción), y sus implicaciones directas con la vida de cada uno.
En los albores del siglo XIX, la revuelta de los ludistas en Inglaterra atacó los telares que representaban para los artesanos tejedores la llegada del modelo de producción capitalista. Hoy en día, quienes toman como objetivo el capital ficticio o las finanzas reconocen como «natural» ese modelo productivo, pero atacan a lo que consideran como sus derivas. Pero otra vez se trata de enfrentarse a las consecuencias, y no las causas: la mundialización y la financiarización son cambios necesarios para la expansión del capitalismo, dicho de otro modo, si se cree que hay que oponerse a los horrores del capitalismo globalizado, es primordial poner en perspectiva un replanteamiento fundamental de la economía y del conjunto de las relaciones sociales capitalistas.

Crisis de la deuda pública
Más allá de ser un simple gestor o regulador, el Estado, y sólo él, tiene la capacidad de mobilizar fondos colosales para mantener la economía. Su relativa perennidad, la masa financiera que representa, le permiten asumir ese rol gracias a las posibilidades de crédito que puede contratar con los  bancos privados o demás establecimientos financieros. Y es por ello que las miradas se dirigen de manera natural hacia el Estado cuando se trata de reflotar, o sea, nacionalizar un banco o una empresa «demasiado grande para hundirse». Y si posee esa capacidad de préstamo es porque sólo él tiene el poder coercitivo suficiente que le permita «garantizar» una cierta estabilidad social y de retención de impuestos directos e indirectos. En otras palabras la quintaesencia del Estado es su fuerza armada y su poder de someter el cuerpo social.
Hace siglos que los Estados piden prestado para equilibrar su presupuesto. Esta práctica está generalizada, en proporciones variables en función de las políticas de cada país. Es un rasgo normal de la economía capitalista y un componente habitual del presupuesto de los Estados. Durante los Treinta Gloriosos, la deuda pública fue incluso plebiscitada por los economistas y políticos como un elemento clave de un mercado en expansión estimulado por las demandas públicas. Entonces los préstamos confluyeron fácilmente, ya que los prestamistas tenían la confianza de que cobrarían.
Cuando un banco, una compañía de seguros, una compañía financiera, etc. concede un préstamo a un Estado, no lo hace para mantener ese país, sino porque eso le va a reportar intereses. Cuantas más garantías tenga de cobrar menos elevados serán los intereses, y evidentemente, al revés, cuantas menos posibilidades tenga el Estado en cuestión de devolver el préstamo, mayores serán los intereses: el riesgo se paga. Lo mismo ocurre con los particulares, los más pobres pagan más. Y para conocer cuál es la viabilidad económica de los Estados, y por tanto las tasas de interés de los préstamos, intervienen las famosas agencias de calificación para evaluar la confianza que se les puede atribuir según una serie de criterios tecnocráticos.
Hoy en día, el nivel de la deuda alcanza el 100 % del PIB (producto interior bruto) de Francia, lo que significa que la suma equivale a casi todo lo que los trabajadores producen en ese país durante un año. El importe de la deuda aumenta cada año, gobierne quien gobierne, y se ha cuadriplicado en treinta años. Durante este periodo el apoyo del Estado a una economía en pleno marasmo le sumergió en un endeudamiento cada vez más crítico. Estados, incluidos los de la Unión Europea, en adelante son susceptibles de quebrar y entonces la confianza no se otorga fácilmente. Especialmente después de la crisis de las hipotecas «subprimes» de 2008 que ha generado una enorme duda sobre el crédito. No se trata de sucesos desconectados unos de otros, sino más bien de una reacción en cadena. Los prestamistas exigen a partir de ahora más garantías, ejerciendo una dura presión sobre la política económica y social de los países a los que prestan dinero.
El Fondo Monetario Internacional ha impuesto desde décadas a los países del «tercer mundo» reglas drásticas para pagar sus deudas, bajo la apariencia de consejos para reducir los gastos y aumentar los ingresos. En los casos más difíciles funcionarios del FMI se ponen a disposición de los Estados, en papel de asistentes técnicos, para establecer las reformas deseadas, es decir que los puestos de los altos funcionarios se duplican por enviados del FMI, que toman de facto el control de la administración preservando la apariencia de un Estado independiente. Las élites locales, que viven de los ingresos del Estado, no tienen mucho que decir ya que su supervivencia depende de la dócil aplicación de las reformas. Éstas consisten, básicamente, en adaptar la economía del país a las necesidades del capital internacional. Mientras reinaba la confianza en la capacidad de los países desarrollados para pagar sus deudas, no se les aplicaron políticas de austeridad. Pero actualmente, los planes de austeridad en Europa se basan en ese modelo.

A modo de conclusión
El análisis de la crisis es fundamental para anticipar las ofensivas del capital y desarrollar las herramientas necesarias que permitan rebatir los llamamientos a que entre todos hagamos un esfuerzo para «salvar la economía».
La Unión Europea y dentro de su seno la zona euro, se ha convertido en un actor importante en la escena internacional, y sigue su curso la idea de un verdadero gobierno económico europeo. Frente a la crisis de la deuda pública y al riesgo de bancarrota de los Estados en Europa, es previsible ver  la Unión Europea dando un paso más hacia su transformación en Estado federal. Más allá del debate entre partidarios de Europa y euroescépticos, se trata de tener en cuenta este embrión de Estado europeo y que frente a una realidad común, resultará primordial unir nuestras luchas a escala europea.
Además, frente a esta evolución asistimos a un auge de los nacionalismos tanto de derechas como de izquierdas que, llenos de falsa ingenuidad, no defienden más que un sistema basado en la explotación nacional. Pero nos da igual que nuestros amos sean japoneses, griegos o franceses. El problema es que sigue habiendo jefes, amos y esclavos, aunque sea asalariados. Es la ausencia de control sobre las condiciones de nuestra existencia, empezando por la producción material de esas condiciones, lo que provoca nuestra incapacidad para orientar nuestras vidas colectivas y personales. Lo demás no es más que folclore, útil sobre todo para las pugnas entre distintos capitales nacionales.
La crisis da a conocer la decadencia de un modelo determinado de relaciones entre clases, y lo que se perfila desde las medidas «anticrisis» es un proceso de reestructuración de esas mismas relaciones. Destacar la lucha de clases, como verdadero epicentro de la crisis, permite romper con la impotencia. La crisis aumenta las tensiones sociales y de clases, endurece las condiciones de vida, pero reforza la necesidad de enfrentarse colectivamente a esas condiciones. ¿Estamos preparados?

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