Alemania y la crisis

Desde el comienzo de la mal llamada «crisis financiera» en 2008 y en los consiguientes intentos por parte de la casta política de ponerle remedios, Alemania, como primera potencia económica europea, ha jugado un papel especial. Ha sido y sigue siendo uno de los principales partícipes de las diversas medidas de «ajuste» lo que le ha provocado no pocas críticas desde otros gobiernos (más de cara a la galería que otra cosa) pero especialmente desde amplias partes de las poblaciones más castigadas de los países del Sur de Europa.
El gobierno alemán, y, no nos equivoquemos, también no poca gente «de a pie» en Alemania justifican las diversas medidas de choque con un supuesto «haber vivido por encima de sus posibilidades» de aquellos países. Incluso se ha extendido y fortalecido una visión, oportunamente alentada por unos mass-media, de que «estos sureños» no han aprendido a trabajar y ahorrar como era debido (al contrario del arquetipo del ser protestante laborioso y ahorrador). Al mismo tiempo se vanaglorian en Alemania de que, mientras en el Sur lo pasan mal (por su propia culpa), «a nosotros» nunca nos ha ido tan bien como ahora y cualquier dato económico es celebrado para festejar el nuevo «milagro alemán».boucherie
El mencionado supuesto «bienestar» se debe, según la propaganda oficial, en primer lugar a unas «reformas» domésticas, llevadas a cabo ya desde hace 10 años y que se conocen bajo el nombre de «Agenda 2010» y particularmente las de «Hartz IV». Estas medidas fueron acometidas significativamente por un gobierno «roji-verde» (SPD y el partido de los Verdes). Afectaron el sistema social, especialmente con la reducción de los gastos públicos en sanidad, e introdujeron un empeoramiento masivo en el mercado laboral con la extensión de bajos sueldos y de condiciones precarias, y tambien con un control intensificado sobre los parados con subsidios, además de una bajada de sus subsidios.
Poco conocido es que hoy en día Alemania tiene uno de los sectores más grandes de bajos sueldos dentro de la UE (Unión Europea): rompe la imagen de un país vencedor de la crisis.
No obstante, explicar la relativa «buena marcha» actual de la economía alemana con sólo imponer estos bajos sueldos (sector servicios) no llega a explicar casi nada, semejantes «reformas» ya fueron introducidas bastante antes en otros países en el curso del giro neo-liberal a partir de los años 80.
El régimen particular de concertación social facilitó la reacción frente al descalabro de Lehman-Brothers. En efecto, una de las características del pacto social alemán fue y sigue siendo la poca conflictividad social. La integración del movimiento obrero organizado, en particular los sindicatos y el partido socialdemócrata (SPD), tiene en este país un largo recorrido: desde la política de paz social durante y después de la Primera Guerra Mundial, pasando por la capitulación frente al auge del nazismo en los años 30 y culminando en la posguerra con el primer «milagro económico alemán». De aquella época todavía se ha conservado buena parte de la «cogestión» en grandes empresas alemanas (p.ej. Volkswagen), donde representantes del sindicato trabajan y cobran como altos ejecutivos por el «bien» de la empresa. Este pacto social, bien es cierto, sólo podía funcionar en los periodos de prosperidad, pero establece unas reglas y unas pautas de comportamiento que han durado hasta periodos de crisis.
También se olvida fácilmente, que ya desde el principio del siglo XX, el capitalismo alemán, por falta de colonias, se ha orientado hacia la internacionalización y hoy sigue siendo uno de los campeones (junto con China y Japón) de la exportación, lo que le facilitó reorientarse hacia otros países cuando en Europa empezaron a debilitarse ciertas economías como consecuencia de la crisis actual. Además, con el desarrollo de la llamada «tercera revolución industrial» se estableció en muchos países industrializados un proceso de des-industrialización y «terciarización», pero en Alemania este proceso no adquirió las dimensiones de p.ej . Inglaterra, que apostó más bien por el sector financiero. Lo que distingue a Alemania de muchos de sus «competidores» es que ha mantenido un fuerte sector industrial que es justamente la base de sus ofensivas exportadoras. Un gran tejido de medianas y incluso pequeñas empresas se han internacionalizado, aprovechándose por supuesto de un apoyo institucional que les facilita la política internacional del Gobierno, cuidándose mucho en no intervenir de manera tan abierta en los asuntos de otros países (salvo excepciones, como en la Ex-Yugoslavia y en Afganistán).
Al giro neo-liberal (que de hecho empezó en Alemania bastante más tarde) se añade otro elemento importante: con la caída del muro en 1989 y la consiguiente unificación de las dos Alemanias se extendió palpablemente la influencia política y económica del país, acompañado por una «re- nacionalización» a nivel ideológico. Una vez eliminados o incorporados los sectores más productivos de las grandes empresas de la ex-RDA, el capital alemán penetró profundamente los países del este de Europa y se supo establecer como uno de los primeros. Pero también políticamente, el país vio de repente que podía jugar un nuevo papel en la política internacional.
Por mucha re-nacionalización ideológica que se manifiesta, entre otros aspectos, en un muy extendido y proclamado «sentirse orgulloso de ser alemán», tampoco hay que olvidar que todavía el país está integrado en unas estructuras políticas y militares (OTAN, EU) y, más importante aún, en los mercados europeos y mundiales que son la esencia de su funcionamiento. Mientras estos «funcionan» ningún país occidental podría sin más salirse del tren sin correr el peligro de perder su actual estatus dentro de la jerarquía internacional. Las grandes y muchas no tan grandes empresas alemanas están (como en otros países) participadas y/o controladas por grandes grupos internacionales de accionistas particulares o institucionales e inversores del tipo hedge-fund. Si tienen su sede central en Alemania, eso si, están bajo legislación nacional y pueden aprovecharse o no de esta particularidad que les ofrece el «modelo alemán». Un factor, y no el menos importante, para hacer negocios en el mundo de hoy, lo constituye la «estabilidad» política, social y económica, y es ahí donde Alemania entra en juego con su poca conflictividad social, su afán (al menos en las generaciones mayores) protestante por el trabajo y por supuesto su sistema político de acuerdos por el «bien de la nación». A todo esto se añaden otros elementos que tienen su importancia en la cadena de creación de valor como pueden ser el nivel de infraestructuras, la cercanía a mercados solventes de consumidores, el sistema de formación de los trabajadores, etc. Esto ofrece no pocas ventajas frente a otros países, que compiten mundialmente por atraerse capitales a su territorio.
Cuando empezó la crisis actual, se vieron en seguida los puntos flacos y fuertes del modelo alemán: a causa del derrumbamiento de muchos mercados europeos, se redujo drásticamente la actividad económica en el país y sólo a través de estímulos estatales y por medio de medidas en relación con la jornada reducida (ERE) lograron temporalmente evitar que el paro subiese como en Europa del Sur. Estas medidas fueron acordadas con los sindicatos que incluso se vanaglorian hoy de haber sido los inventores de tales conceptos.
En estas condiciones, la situación laboral de miles de personas había empeorado en los últimos años, tanto que fue necesario (como ocurre en todo el mundo) camuflarla con estadísticas truncadas, programas de formación y reciclaje de parados para hacerles desaparecer del computo de parados, mini-jobs por un Euro la hora, completados con el subsidio mísero para apenas llegar al final de mes. Se ha declarado la guerra a los parados, considerados como parásitos. Una vez agotado el subsidio normal de desempleo de un año, se le obliga al parado, si quiere cobrar el subsidio básico (Hartz IV)1, a aceptar cualquier empleo con un sueldo de 1€/hora y se le somete a todo un sistema de control e humillaciones para recordarle sus «deberes».
El abismo entre ricos y pobres no para de aumentar. Según fuentes oficiales, en 2013, aprox. 12 millones de personas vivían en la pobreza (según la definición oficial: ingresos que sean menores que la mitad del sueldo medio) o estaban a punto de ser pobres. Estimaciones no oficiales hablan ya de un 50 % de la población que está forzado a vivir al día pero que en cualquier momento pueden caer en la pobreza. Se impone cada vez más una segmentación del mercado laboral, con bajos sueldos, sobre todo en el sector de servicios, contratos temporales, flexibilización total y anulación de convenios sectoriales por parte de patronales (un 25 % de los asalariados ya viven de trabajos precarios, 8 millones se ganan la vida con sueldos bajos). La nueva gran coalición gubernamental de los partidos CDU y SPD se vanagloria de haber aprobado por fin un salario mínimo de unos 8,50 €/hora previsto para 2015. Pero ya se han levantado voces tanto de la patronal como de algunos políticos de la CDU que quieren excluir a dos millones de personas (gente con minijobs, escolares y estudiantes, pensionistas y parados con derecho al subsidio y que quieren ganarse un dinero extra aparte de sus posibles otros ingresos) de este salario mínimo. A éste, según un estudio de una fundación cercana a la central sindical DGB, tendrían acceso unos 5,25 millones de personas. La pobreza y exclusión creciente se ceba particularmente con las mujeres (sobre todo, las solteras) y con los inmigrantes que son acusados de aprovecharse del raquítico sistema social. Estigmatizarlos se consigue aún más fácilmente en un país que todavía le pone un montón de trabas al trabajador de «origen» extranjero (por supuesto sólo procedente de países considerados más pobres) aunque éste viva ya en segunda o tercera generación en Alemania.
Conviene recordar que los 183 muertos desde 1990 hasta el día de hoy por motivo de racismo no es poca cosa y que la infiltración y manipulación de grupos de extrema derecha por el aparato policial alemán está ya sobradamente demostrado.
Pero incluso en sectores antaño considerados como bien protegidos (técnicos, arquitectos, informáticos, etc.) se impone cada vez más la inseguridad laboral (trabajos temporales, falsos autónomos, sub-contratación en peores condiciones) y crece la angustia de perder su estatus social. En este contexto hay que interpretar las campañas oficiales de atraer más «talento» a Alemania por una supuesta falta de técnicos y obreros cualificados como una medida más para reducir los sueldos del personal nativo y proveerse con gente supuestamente menos exigente.
Acostumbrado al pacto social de otras épocas, y aún más importante, al haber abrazado como pocos otros países los cuentos de «libertad» de la postmodernidad y de su enfoque en el «yo», la continua miserabilización de las condiciones de vida no encuentra hasta ahora mucha expresión colectiva para remediarla. Crecen las cifras de gente con síntomas de burn-out (triplicadas entre 2009 y 2011, en total 2,7 millones), las prejubilaciones por motivos psíquicos forman ya una tercera parte del conjunto y dan una idea aproximada de las presiones a las que se está sometiendo a la gente.
Cierto, las condiciones de vida de la gran mayoría de la población alemana no han llegado todavía a niveles de pobreza y exclusión como las que se conocen en el sur de Europa. Aparte de verse confrontado con la crisis desde una posición más cómoda debido a su fortaleza económica, el estado alemán supo ya en el pasado camuflar y desactivar por medio de su política social y urbanística cualquier ‘desorden’ social mayor en las ciudades, evitando hasta ahora grandes guetos de pobres, como en Francia o en Inglaterra. Y cuando esta política ya no funciona se dispone de medios policiales, judiciales y consensos políticos para marginalizar a los/las que se oponen:
El derecho a huelga está altamente restringido: los funcionarios del Estado p.ej. lo tienen prácticamente vetado, no se puede convocar huelga mientras está en vigor un convenio colectivo, huelgas «políticas» están prohibidas en la gran mayoría de los Estados federales, huelgas generales no están expresamente prohibidas por la Constitución, pero sí por una seria de decisiones judiciales tomadas ya en los años 50 del siglo pasado –excepto para casos en que peligre el régimen democrático.
El consenso aparente sobre las causas de la crisis actual, es decir, por un lado una supuesta avaricia y la gula de unos cuantos especuladores (se les llama «langostas» en la jerga política) que no han operado con una «ética del trabajo» (tan caro a muchos alemanes, al menos en sus tertulias de bar y en la tele) a los que se opone, por el otro lado, el capital «productivo» que no se dejaría llevar por estos instintos a la ganancia rápida, se acerca bastante a la propaganda nacionalsocialista de antaño, con la diferencia de que aún no se está personalizando masivamente en los judíos como personificación de este capital «especulativo». En su lugar, hacen recaer la responsabilidad por la crisis económica sobre los «sureños», nueva figura del aprovechado que ha vivido por encima de sus posibilidades. Este relato no ha perdido su fortaleza a pesar de que ya no es ningún secreto que las empresas alemanas, en especial su sector financiero, estaban metidas de lleno en las diversas burbujas inmobiliarias y de consumo en los país del sur de Europa y en otras latitudes. Al romperse estas burbujas hicieron lo que corresponde a cualquier empresario y prestamista, es decir salvaguardar al menos una parte de sus inversiones e intentar reflotar la cadena de créditos y pagos de los deudores. La política de austeridad, promocionada por instituciones internacionales (FMI) y también por el gobierno alemán intenta entonces revertir en su propaganda la cadena de causas efectos porque han sido estas y otras instancias las que promovieron p.ej. el mercado común europeo, sabiendo perfectamente que con la apertura de las fronteras para los movimientos del capital se iban a aprovechar en primer lugar las empresas y países más «competitivos» que inundaron estos mercados con sus mercancías.
La relativa recuperación económica de los últimos años se debe, sin embargo, en gran medida también a los programas de estímulo de muchos estados (EEUU, China, Japón, etc) donde las empresas alemanas tienen sus mercados, a sus políticas del dinero barato (subvenciones al sector bancario) y a la reorientación de los flujos de exportación e inversión de muchas empresas en mercados menos afectados por la crisis en Europa (Brasil, Turquía, India, Indonesia). Pero ya se vislumbra el final de este ciclo y las burbujas financieras y de otra índole en estos países se asoman ya en la prensa económica como la espada de Damocles.
Una vez cerrada la vía de la exportación de la crisis, también Alemania notará sus efectos con una intensidad nunca vista anteriormente. Vista la poca tradición de luchas colectivas, la falta casi total de redes de apoyo mutuo, sean vecinales, de familia o de cariz político, una «frialdad social» generalizada que al menos en la gran clase medía alemana ya muestra síntomas de caza de brujas al pobre y al «inadaptado», el panorama resultante apunta en este caso más bien a un sistema de ‘apartheid’ social con fuertes dosis de estado policial, aunque ante la escasez de recursos financieros, incluso el estado más potente aparentemente, se verá incapaz de mantener el orden y la famosa «cohesión social».

estudios
¿Y qué decir de las resistencias? Aparte de algunas manifestaciones frente al banco europeo en Frankfurt (que fueron acosadas por un macro dispositivo policial) e iniciativas locales y puntuales contra el paro, contra la gentrificación de muchas ciudades, contra el acoso al inmigrante y al refugiado, no hubo en general una respuesta masiva ni contra las reformas de la agenda 2010, ni contra las últimas políticas del gobierno. Los pocos conflictos laborales encontraron casi siempre su cauce a través de los sindicatos oficiales, sin evitar una bajada de sueldos y el empeoramiento de las condiciones laborales y sociales (p.ej., subidas fuertes de los alquileres).
Además, la oposición visible todavía está enmarcado en el horizonte de un neo-keynesianismo que pide más intervención estatal para ponerle freno al capitalismo «salvaje».
Desde ATTAC, pasando por diversos grupos de base sindical o activistas del tipo ONG hasta el partido del la Izquierda (entre otros, ex-comunistas de la extinguida RDA y escindidos del SPD después de las medidas de la agenda 2010), todos desean que vuelvan «los buenos tiempos» del pasado. En cuanto a las llamadas movidas «alternativas», se han «profesionalizado» a menudo a través de las cooperativas y han buscado su pequeño nicho donde se evita en el mejor de los casos ser completamente devorados por el sistema destructivo de valorización.
Sólo en algunos círculos pequeños ha empezado un debate alrededor de las causas profundas de la crisis actual y sus consecuencias.
Con algo hay que empezar …

 Honoracio Picapiedras

1- Actualmente, el subsidio Hartz IV para un adulto son 391 €/mes; si hay un conjuge en el mismo domicilio se añaden 353 €/mes y para niños/adolescentes el subsidio aumenta entre 229 hasta 296 €/mes – según la edad. Además se paga una parte del alquiler pero sólo teniendo en cuenta alquileres baratos. Gente con necesidades específicas (mujeres embarazadas, madres solteras, personas con limitaciones físicas/psíquicas, etc.) pueden conseguir algún suplemento más.

Advertisements